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21/05/2018

Apenas hace dos semanas, José Antonio Meade decidió vestir los colores del partido que lo hizo su abanderado a la Presidencia. Fue un pase que buscó dotar al candidato de una representación política verdadera

Apenas hace dos semanas, José Antonio Meade decidió vestir los colores del partido que lo hizo su abanderado a la Presidencia. Fue un pase que buscó dotar al candidato de una representación política verdadera. Pero Meade no entró a la sede del segundo debate acompañado del presidente del Partido Revolucionario Institucional. Lo hizo al lado de un hombre de camisa rosa, desfajado él. Y actuó en consecuencia: en el debate, frente a las cámaras, no puso en juego su representación política, esa a la que apelan ahora casa por casa los priístas de corazón.

No. Meade decidió que el entrenamiento, la estrategia y la planeación del debate se impusieran. Renunció a la representación que le dio la chamarra roja, para buscar el triunfo ante las cámaras. Y lo hizo de la mano del hombre de camisa rosa, Carlos Alazraki, el nuevo genio del cuarto de guerra del PRI, a quien se recuerda más por su campaña para Arturo Montiel (los derechos humanos no son para las ratas), que por la frase que hace unas semanas usó para definir al partido de López Obrador: Qué asco.

No fue el único que quiso ganar en la televisión los puntos que no consigue en las calles. Ricardo Anaya caminó en la misma cuerda. El cuadro lo completó López Obrador, quien esta vez no salió sólo a defender su ventaja, sino también al contrataque (el episodio de la cartera fue el que arrancó risas, pero no el único).

Esa combinación dio como resultado un encuentro en el que, en términos generales, dominaron el insulto sobre la discusión, el golpe en lugar de la idea, el efectismo que remplaza al argumento. Cínicos, hipócritas, mentiroso, canallita, etcétera, etcétera.

El programa decía que López Obrador sería el primero en llegar a la sede del debate. No fue así. Meade llegó antes que todos. Bueno, que sea primer lugar en algo, al menos, bromearon en la carpa destinada a la prensa.

Luego arribó Anaya, el candidato del verbo ágil, que esta vez tuvo algunos buenos golpes, pero se quedó lejos de las expectativas que él mismo había generado en el primer encuentro.

Jaime Rodríguez,  El Bronco, no sirvió siquiera para el papel de porro que muchos le asignan, pues no pasó de los chascarrillos ni creyó necesario informar por qué presume que su madre no sabe leer ni escribir en lugar de enseñarle.

Acusación sin respuesta

Aunque entre sus malquerientes suena a disco rayado, López Obrador supo colocar su punto: la mafia del poder. Ni Anaya ni Meade atinaron a responder a la machacona frase de “lo que llamo el Prian”. Dejaron pasar, por ejemplo, la acusación de que los dos se pusieron de acuerdo para entregar mil millones de pesos a la fundación de Josefina Vázquez Mota.

Meade se vio más suelto que en el encuentro del Palacio de Minería, pero no logró conectar golpes que le permitan conseguir los (muchos) puntos que necesitaría para remontar.

Al estilo populachero de Rodríguez, la esgrima verbal de Anaya, las lecciones del profesor Meade (déjenme les digo,  déjenme les explico) y las necedades de López Obrador (acabaremos con la corrupción, como salida para todo), se sumó, por si no bastara, el fracaso del formato del debate.

Los periodistas Yuriria Sierra y León Krauze optaron por asumirse voceros de la nación –de los televidentes al menos– y en muchos momentos abandonaron su papel de moderadores para convertirse en examinadores o supervisores. Algún día Krauze ilustrará al país sobre la medición del respeto.

López Obrador recicló una consigna: Sonríe, vamos a ganar

No lo hay, claro, en la expresión más usada por Meade y Anaya para referirse a los héroes de la noche: Nuestros migrantes, dicen, con esa visión patrimonialista que sí entiende el mundo (no como López Obrador, que no lo entiende, según el candidato del frente).

Yo soy el que está en la boleta, ha dicho Meade una y otra vez. O sea, el funcionario probo, honesto, sin tacha. Pero las encuestas, las redes y las calles gritan que en la boleta están Enrique Peña Nieto y un PRI muy repudiado (formulación de Emilio Gamboa).

Algunos que han tratado a Meade como funcionario público lo definen como un personaje obsecuente, como técnico siempre complaciente con sus jefes. Aceptó la estrategia que lo vistió de beige (el Meade ciudadano) y cuando ésta no funcionó no tuvo problemas en ponerse la chamarra roja. Todo para subir, excepto tocar al presidente Enrique Peña Nieto o, peor, a Luis Videgaray. Por eso Meade rechazó aceptar que fue un error invitar a Donald Trump, cosa que incluso el presidente ha reconocido.

Si la elección, como dice un integrante del equipo de Margarita Zavala, se ha convertido en un referéndum sobre Andrés Manuel, entonces el debate vino a ser el segundo asalto de todos contra AMLO.

Los ataques más duros de Meade y Anaya fueron contra López Obrador, claro. Pero también se dieron entre ellos porque, si uno se atiene a la teoría obradorista, la mafia del poderdecidirá después de este debate cuál de los dos candidatos podría vencer al tabasqueño. El mejor soy yo, cerró Meade, en una de sus intervenciones que parecían spot.

Los temas de la agenda del Instituto Nacional Electoral habían quedado atrás. En el ir y venir de acusaciones ya no importaban las propuestas, sino los diagnósticos y las acusaciones, los epítetos y los golpes de efecto que empequeñecen al diputado Costales.

Meade dedicó parte de su tiempo a acusar a López Obrador de querer llevar al Congreso a una secuestradora, en referencia a la luchadora social Nestora Salgado (y lo dijo el candidato del partido que auspició y armó a las autodefensas de Michoacán que, como todo mundo sabe, estaban llenas de angelitos).

Con la cartera a buen resguardo, López Obrador buscó, mirando a las cámaras, dejar claro que este arroz ya se coció, al hacer anuncios de acciones del próximo gobierno democrático.

Anaya, en su cierre, apeló a la historia y al país convulso de estos días: México necesita paz, porque no tiene paz quien no puede salir a la calle con tranquilidad, no tiene paz quien no sabe qué va a comer al día siguiente.

Meade, a tono con un reciente mensaje del presidente Peña, pidió que en el momento íntimo frente a la papeleta electoral, los ciudadanos sepan elegir entre futuro y pasado, porque el mejor, yo no tengo ninguna duda, ni ustedes tampoco, soy yo.

López Obrador recicló una consigna: Sonríe, vamos a ganar.

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