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06/03/2018

La represión fascista llevo a varias personas como Jordi Griset a someterse a estos duras “tratamientos”

Hace apenas cincuenta años en este país a todas las personas que no fueran heterosexuales se les perseguía. La sociedad española no alcanzaba a entender que podía haber perfectamente una amiga, un primo o un compañero de trabajo que no siguiera esa norma. Esa espiral de silencio arrastraba con fuerza a las personas que no se sentían encajados en esa descripción.

Esa soledad llevaba a gente como Jordi Griset, a buscar formas con las que integrarse, fueran como fueran. La homosexualidad era considerada una enfermedad por lo que se ofrecían terapias para curarse. Esa “curación” era bastante dolorosa. Si recuerdan la película “La Naranja Mecánica” recordarán la escena en la que a Malcom McDowell se le aplicó una dura terapia para parar sus ansias de violencia dónde le obligaron a ver escenas violentas durante horas mientras estaba bajo los efectos de las drogas.

Una mecánica muy similar se aplicó a homosexuales en este país. A un joven como Jordi Griset en 1968 le ponían un vídeo. Ahí se sucedían imágenes de mujeres y hombres en posiciones eróticas. Cuando aparecía una mujer no sucedía nada, pero cuando aparecía un hombre una fuerte descarga eléctrica recorría su cuerpo.

 

1. ¿Cómo era tu entorno cuándo descubriste qué eras homosexual?

De entrada, quiero aclarar que nunca me sentí homosexual. Yo defiendo que las personas no somos “homo” ni “hetero” ni “bi”, ni “tri” ni “penta” sexuales si no, simplemente, SEXUALES, con una tendencia dominante según el momento. Lo demás son etiquetas que no hacen más que separarnos y discriminarnos los unos de los otros.

Dicho lo anterior respondo a tu pregunta diciendo que descubrí la atracción hacia las personas de mi mismo género ya de muy pequeño, sobre los 10 años, en la escuela y, más íntimamente, con un compañero del grupo de “boy scouts”, al que me apuntaron mis padres, con el que tuve mis primeros juegos sexuales.

En aquella época el entorno era asfixiante en este aspecto, no olvidemos que eso sucedía a finales de la década de 1950, en plena dictadura, con una Ley de Vagos y Maleantes (que luego se convirtió en de Peligrosidad Social), a la que estábamos adscritos por el solo hecho de tener atracción hacia personas de nuestro mismo sexo y por la que, con la sola denuncia de un vecino explicando cualquier mentira sobre nosotros, sin siquiera comprobación, podíamos acabar en la cárcel.

Por supuesto no existían locales de encuentro como bares, saunas, discotecas y, muchísimo menos, cuartos oscuros. En la década 1960 aparecieron algunos bares en Barcelona y Sitges en los que siempre existía el miedo a una inminente redada que terminaba en la comisaría de Vía Layetana y, dependiendo del estatus social, en posterior libertad o encarcelamiento, después de informar a nuestros familiares. Para conocer a alguien había que recurrir al peligroso deporte de “ligar” por la calle al que podía ser un policía de paisano, o irse, especialmente en verano, a Sitges, que gozaba de cierta tolerancia.

 

2. ¿Por qué decidiste someterte a la terapia de aversión?

Eso de “haberlo decidido” es muy discutible. Para los médicos éramos enfermos, para la iglesia unos pecadores que habíamos caído lo más bajo que un ser humano puede caer y, para la sociedad en general, unos invertidos, viciosos, corruptores, pederastas, mariquitas, violetas, de la acera de enfrente…  así que, cuando toda la sociedad te está diciendo que tú eres un peligro social, una escoria o lo peor de lo peor, evidentemente deseas ser “normal”, deseas ser “como todo el mundo”, casarte con una mujer y tener una familia y, en cuanto ves una mínima posibilidad de poder “curarte”, te agarras a ella como a un clavo ardiendo.

Ten en cuenta que entonces no había ningún tipo de información para poder informarte sin peligro, no existían teléfonos móviles ni internet así que cada cual creía que era el único “monstruo” sobre la tierra y tenía que apañárselas como buenamente podía.

Mis padres descubrieron mis tendencias porque yo había ido a ver al psiquiatra de la Seguridad Social y éste me dijo  que no podía tratarme en aquella la consulta gratuita y que sí podía hacerlo en su despacho privado, a un costo que yo no podía pagar. Escribí mis sentimientos y frustraciones en un papel que quedó sobre mi mesa de estudio y que mi madre descubrió, me llamó a mi trabajo a media mañana diciéndome que se había enterado de mi secreto, salí corriendo hacia casa y acabamos llorando los dos desconsoladamente.

Al día siguiente, en un “consejo familiar”, se decidió que tenía que “curarme” al precio que fuera, así que buscaron un psiquiatra y este nos llevó a otro, que trabajaba con esta terapia, recién llegada de América y que, según nos dijo, funcionaba de maravilla.

Ese es el motivo por el que decidí someterme a esa inútil terapia en la efectividad de la cual, durante cierto tiempo llegué a creer.

 

3. ¿Cómo te explicaron en qué consistía este "tratamiento"?

Hicimos una visita a la psiquiatra previa a la terapia, precisamente para informarnos en qué consistía, saber el precio de las visitas y concretar fechas de aplicación.

 

4. ¿Cómo era la mecánica de esas sesiones?

Cuando llegaba al gabinete del doctor, una vez por semana, me sentaba frente a una pared blanca y agarraba con la mano derecha un cilindro metálico, algo más grueso que un bolígrafo, del que salía un cable conectado a un aparato de sobremesa, enseguida me ataban con una goma un segundo cilindro a la altura del bíceps izquierdo. ¡Eran dos electrodos! A continuación, se apagaba la luz y se proyectaba la diapositiva de una mujer desnuda durante unos 30 segundos, luego cambiaba la diapositiva y se proyectaba la foto de un hombre, ellos siempre en bañador, y una descarga eléctrica recorría mi cuerpo durante unos 5 segundos, luego reposo. Otros 5 segundos más de electricidad y otro reposo, alternativamente durante un medio minuto. Otra diapositiva de mujer desnuda y otra de hombre en bañador… Las sesiones duraban entre 30 y 45 minutos.

Se trata de la misma técnica que se le aplica a Alex, el protagonista de la novela y posterior película La naranja mecánica, de Anthony Burgess.

 

5. ¿Qué pensabas cuándo salías de cada sesión y volvías?

Las primeras semanas salí muy esperanzado y con ganas de que aquello realmente funcionara, pero inevitablemente tenía mil y una dudas sobre su eficacia. En casa, muy raramente se hablaba del tema.

 

6. ¿Cómo reaccionaste cuándo al llevar varias sesiones no tenías ningún cambio?

Después de un mes o dos, me di cuenta de que, no solo me seguían gustando los hombres y muy poco las mujeres (me refiero a nivel sexual), si no que cada vez tenía más ganas de tener sexo con ellos así que empecé a plantearme la necesidad de terminar con aquella terapia.

 

7. ¿Cuándo te diste cuenta de qué no iba a tener ningún efecto?

Supongo que fue más o menos al mismo tiempo, al cabo de uno o dos meses de tratamiento, viendo que mi deseo sexual, tal vez por la represión debida a los medicamentos de apoyo que tomaba, no solo no decrecía si no que aumentaba considerablemente.

 

8. ¿Cómo llegaste a la conclusión de qué había que acabar con el "tratamiento"?

Después de unos seis meses, es decir, unas 24 sesiones, yo tenía ya en mente acabar con la terapia, porque me daba cuenta de que no estaba haciendo ningún efecto, pero no sabía cómo terminarla sin que mis padres se enteraran, para no desengañarlos, y no quería, simplemente, dejar de ir porque a ellos les costaba mucho esfuerzo pagarlas y no quería que el dinero se perdiera, así que seguí cavilando la forma de acabar con aquel suplicio que no conducía a nada.

 

9. ¿Cómo acabaron las sesiones?

“Afortunadamente” se acercaba la fecha en que yo debía incorporarme a filas para cumplir con el Servicio Militar: 18 meses de represión bajo militares frustrados, que servían para poco más que aprender la picaresca española típica a evitar castigos, escalar posiciones y pisar al de abajo si era necesario. Tres meses de instrucción en un campamento y quince meses perdiendo el tiempo en un cuartel para “hacerse un hombre”. ¡Eso sí lo aprendí bien y “me hice” más de uno…!

Después de unas cuarenta sesiones, y con la perspectiva de estar año y medio fuera de casa, vi la ocasión para plantearle al psiquiatra mis deseos de terminar con el tratamiento y conseguí pactar que él: hablaría con mis padres y les diría que el tratamiento estaba funcionando muy bien y que en la “Mili” acabaría de “curarme”. He de reconocer que, en este aspecto, se portó muy bien. Otro hubiera podido denunciarme acabando en prisión o, peor aún, con un juicio militar por “maricón”.

 

10. Para terminar. ¿Cómo cambió tu vida después de haber pasado por la terapia de aversión?

Pasé mi período militar lo mejor que pude y volví aceptando completamente mi atracción hacia mí mismo género, así que, para evitar preguntas incisivas u observaciones demasiado minuciosas sobre mi comportamiento, empecé a salir de noche compulsivamente, volviendo tarde de madrugada y pasando muy poco tiempo en casa. Tuve cuatro novias con las que, por supuesto, tuve sexo, y que alternaba con decenas de amantes masculinos.

Luego tuve una pareja masculina, durante once años y, actualmente, me siento muy feliz con mi sexualidad dominante y trabajo activamente en una asociación para evitar todo tipo de discriminación, pero, básicamente, la sexual.

Mi conclusión es, pues, que la técnica me sirvió, pero en el sentido opuesto al que se pretendía. Me sirvió para aceptar mi natural lado homosexual y a practicarlo sin traumas y sin tener que sentirme como un degenerado por ello.

 

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