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Roberto Garcés MarreroMiembro desde: 15/05/18

Roberto Garcés Marrero
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15/05/2018

El control de la movilidad en Cuba a la luz de las experiencias personales del autor

Decir que la experiencia individual es parcial resulta verdad de Perogrullo. Sin embargo es allí donde se comprueba la realidad de los cambios sociales, del cumplimiento o la frustración de ideales. Ella, signada por políticas que a veces desconoce, debe ser en última instancia quien legitime o no un cierto orden de cosas. Nos permite recordar que lo que interesa siempre es el ser humano, concreto, cotidiano. Por eso resulta imprescindible escuchar(nos/les).

Un derecho que debe tener cada persona es a la libre movilidad en su territorio nacional o fuera de él. En Cuba, la movilidad interna, definitiva o circunstancial, resulta muy complicada. Sin dudas, es uno de los problemas más graves y menos abordados. Las razones económicas están en primer plano, pero ese no es el punto. A veces, la posibilidad de trasladarte de un lugar a otro también está signada por la discriminación, sea por sitio de procedencia, orientación sexual o identidad de género. Para hablar sobre eso es que escribo estas líneas. La experiencia directa me parece fundamental. Me detendré en algunas anécdotas personales aisladas. Las conclusiones serán de ustedes.

Movilidad intermunicipal

En la madrugada del 6 de abril del año corriente salí de la funeraria. Había muerto el padre de una buena amiga, quería acompañarla. Tomé de regreso por unas calles en las cuales a veces los homosexuales salen “de cacería”. Francamente, me moría de sueño. Se detuvo a mi vera un auto policial (placa 108 para ser precisos): me pidieron los documentos de identificación. Asombrado, le pregunté al oficial qué pasaba. Me dijo: -Nada, todavía. Me molestó su sonrisa sardónica. Insistí en mi pregunta y la respuesta fue que caminaba por calles oscuras. –Oficial, todas las calles del Vedado están oscuras, ¿por dónde camino? Primer detalle, por si tienen la experiencia: no mostrar ni sombra de duda. Se turbó, no esperan respuestas frontales. Se supone que los maricones tiemblen con facilidad. Miró mi carnet: -¿Qué haces aquí si eres de Arroyo Naranjo (otro municipio)? Tuve que frenarme para no dar la respuesta que dictan mis instintos (o sea, lo que me dé la gana). Cualquier cosa puede ser interpretada como desacato. Cuando me di cuenta estaba con las manos sobre el techo del auto y un policía me cachaba con cierta sospechosa lentitud. En otro momento me hubiese disparado el morbo, en esa ocasión no cabía en mí de la indignación. Me sentí violado. Consultaron: no tengo antecedentes penales. -Puede continuar. (Es muy probable que si hubiese sido trans terminara durmiendo esa noche en la estación.) El otro, el que acariciaba bolsillos musitó, los ojos bajos: -Disculpe la molestia. Lo fulminé con la mirada. A pesar del cansancio, terminé teniendo sexo justo en la próxima esquina, saboreando el placer físico como un acto de autoafirmación y emancipación política. Me niego rotundamente a ser criminalizado por ser homosexual y además, asumir la responsabilidad de la Empresa Eléctrica por no garantizar las luminarias públicas. Debo, puedo y quiero caminar por cualquier lugar, a cualquier hora.

Movilidad interprovincial

Al año de terminar la universidad mi pareja quiso llevarme a Varadero. Yo nunca había tenido la oportunidad de ir. (Sin caras de sorpresa: sería interesante tener datos de cuántos cubanos de mi generación han tenido la oportunidad de conocer la playa más famosa de Cuba, cuándo y de qué manera.) Nos quedamos en Cárdenas, un pueblo cercano y viajábamos cada mañana hacia el polo turístico, inalcanzable de otra forma por sus precios. La primera mañana caminábamos por la arena, tomados de la mano (yo conmovido por su gesto y su capacidad de gestión, él orgulloso de lograrlo). Una pareja encantadora. Un policía nos vio y nos detuvo: le pidió la documentación a él. A mí no. Claro. Él con achocolatada tez y yo alabastrino bajo el sol caribeño, se traduce en: él, jinetero (prostituto) y yo, extranjero. Hablé, mi acento lo salvó por suerte: ah son pájaros cubanos. Pidió mi carnet. -¿Qué hacen aquí si son de Villa Clara? –De vacaciones, dije. Él nos miró burlón y nos ripostó: -¿Vacaciones en Varadero? Váyanse, no quiero verlos otra vez aquí. Si los encuentro de nuevo, los detengo y los mando pa´ su provincia. Mi novio me miró con tristeza, interrogándome sin palabras. –Nos quedamos, por supuesto, dije y vendremos toda la semana. Hacía falta más que un policía para echarme a perder mis primeros baños en Varadero. En mi cabeza resonaban irónicamente los versos de Nicolás Guillén: “Tengo, vamos a ver, lo que tenía que tener.”

Estos hechos son parte de la cotidianidad de cualquier persona LGBT en Cuba. Al punto que a veces ni nos parece raro. Existe una real limitación del libre movimiento en el territorio del país por razones discriminatorias: por ser cubano, homosexual, etcétera. Sin embargo, en estos ejemplos se trata de una movilidad transitoria: aunque se imposibilitan diversiones y libre ejercicio de derechos, no afectan –en la mayoría de los casos- todas las esferas de la vida de manera radical, como podría ser un cambio permanente de vivienda, fundamentalmente a la capital. Ahí sí comienza un largo calvario.

En Cuba hay un refrán espantoso: “La Habana es Cuba, el resto es áreas verdes.” Lo cierto es que este dicharacho está legalmente sustentado en el decreto ley 217 de 22 de abril de 1997, en el cual se detalla la imposibilidad de la mayoría de los cubanos para vivir en Cuba, esto es, en habaneras tierras. Lo curioso es que en los por cuantos de esta normativa se declara que la limitación impuesta es debido al respeto a los derechos. Se aclara que fue impuesta porque no hay manera de garantizar la satisfacción de las necesidades de una población creciente. La solución es draconiana. La ineficiencia institucional la paga la población, sobre todo la del extremo más oriental de la isla, llamados peyorativamente “palestinos” por tratar de reubicarse dentro de su propia tierra. Son despreciados por su aspecto racial, su acento, vocabulario y fonética –reacia a las s intersilábicas. Una vecina le comentaba hace unos días a mi abuela: -Cuidado con los nuevos, son orientales, no pueden ser buenos. Las mujeres embarazadas a menudo tienen que ir a parir a sus provincias de origen –hay médicos que se niegan a atenderlas- o a inscribir allá a sus hijos, una vez nacidos. La policía los detiene en las calles y les dice que no pueden pasar más de setenta y dos horas en la ciudad (“capital de todos los cubanos” es el slogan) sin tener una residencia transitoria (nadie sabe en qué norma se basan). Los amenazan con la deportación o los deportan.

No puede ser la población la culpabilizada por no encontrar satisfacción de sus necesidades en su lugar de origen. ¿Por qué emigran? ¿Por qué no hay condiciones para recibirlas en la capital?

El 16 de noviembre de 2011 se publica en la Gaceta Oficial un nuevo decreto, el 293, suavizando el asunto, permitiendo que cónyugues y familiares cercarnos de un titular de vivienda radicado en La Habana puedan oficializar su residencia permanente en la capital. Significa una mejora, pero ¿qué hay de la población LGBT? Supongamos que tengo una pareja de otra provincia y decidimos convivir, ¿qué se hace? ¿Cómo legalizamos su situación? No perdamos de vista que la situación habitacional de Cuba hace que vivan varias generaciones en la misma casa y rara vez es el gay, la lesbiana o el/la trans el propietario. Además ni siquiera tenemos una tímida unión consensual aprobada. Evidentemente la legislación no nos tuvo en cuenta. Lo sarcástico es que después se nos acusa de que no tenemos relaciones estables. Una vez una diputada a la Asamblea Nacional me preguntó cuántos años dura en promedio una pareja gay como para que queramos cambiar las leyes en función del matrimonio igualitario. ¿Cuánto dura una pareja heterosexual?, fue mi respuesta.

Yo nací en las guajiras (campesinas), pero orgullosas y caucásicas provincias centrales, de acento casi indistinguible para los habaneros. Sin embargo mi experiencia al respecto fue desestructurante. Tuve que pedirle a una anciana vecina que “me pusiera en su dirección”, para lograr la residencia transitoria y en el intervalo comprar algo habitable. Esperé un mes el permiso de trabajo, que me permitía ser socialmente útil en la capital de mi país con “la transitoria”. Mis amigos, que en ese momento legalizaban su situación en Ecuador, y yo estábamos en un proceso casi idéntico. Pasaron los seis meses permitidos y los morosos trámites de la compraventa no concluyeron. Fui citado a la Oficina Municipal del Carnet de Identidad.

Mientras esperaba pude ver a un funcionario que le decía a una mujer y a su hijo adolescente: -Tienen setenta y dos horas para abandonar la ciudad. La madre gritaba, desesperada: -¡No tenemos a nadie en Santiago! La respuesta caía como el hielo: -Setenta y dos horas. A cada explicación, súplica, llanto, la máquina burocrática respondía lo mismo: -Setenta y dos horas, con una regularidad cronometrada, insensible. Un escalofrío me recorrió: era un cuento de Kafka.

La anciana que me había inscrito transitoriamente en su dirección y yo fuimos multados. Doscientos pesos que, por supuesto, pagué yo. Era el monto mínimo, me aseguraron. Se me declaró emigrante ilegal y se me dio un plazo de dos meses para solucionar mi situación migratoria, de lo contrario sería deportado a mi provincia de origen. No daba crédito a mis oídos, por momentos pensaba que había cruzado alguna frontera sin saberlo. ¿Emigrante ilegal? ¿En el país en el que nací? Me sentí humillado, desplazado. Fue como si me hubiera cortado las raíces de un tirón. Nunca he podido reconciliarme con esta ciudad despótica.

No dejo de reconocer que mi experiencia no ha sido la peor. Al fin y al cabo, soy blanco, universitario (a veces el título sirve), parezco “masculino” y mi situación económica no es la más caótica, pero ¿y los demás? ¿Qué se puede hacer al respecto? En primer lugar, llamar la atención sobre lo que está pasando, nombrar el problema. A partir de allí ojalá se tomen las medidas pertinentes para garantizar los derechos violados de tantas personas. La legitimidad de la discriminación siempre es un boomerang para cualquier sistema. No puede ser la población la culpabilizada por no encontrar satisfacción de sus necesidades en su lugar de origen. ¿Por qué emigran? ¿Por qué no hay condiciones para recibirlas en la capital? ¿Cómo pueden potenciarse los diferentes territorios? Es a estas preguntas a las que hay que encontrar respuesta para resolver los conflictos. Sobre todo, es importante tener en cuenta a todos y todas a la hora de legislar en aras de realmente lograr la aspiración martiana de la dignidad humana plena, anunciada en nuestra constitución.

A menudo me pregunto qué habrá pasado con aquella señora de grandes ojos húmedos y su hijo.

Roberto Garcés Marrero

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