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Teresa Da Cunha LopesMiembro desde: 11/12/11

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Del “cliente- votante “ al elector bipolar . De Buchanan al algoritmo inteligente hay que repensar el sistema electoral en la era del “Big Data’, para no destruir a las democracias

Del “cliente- votante “al elector bipolar. De Buchanan al algoritmo inteligente. Por Teresa Da Cunha Lopes

Morelia, Mich., 20 de mayo 2018.-En tiempos de campañas y con elecciones - federales, estatales y locales- a vuelta de hoja, es siempre productivo regresar a los “clásicos”. Releer obras y autores que parecen haber perdido fuerza frente a otras interpretaciones de “moda”, pero que, en último análisis continúan (relativamente)operativos.

Así que, me parece importante recordar que los sistemas democráticos pueden ser vistos como mercados en los que los partidos políticos son empresas que ofrecen servicios administrativos a la comunidad. En su publicidad, vulgo llamado “programa de acción “dicen qué harán y como lo harán. En sus estrategias de campaña, incluyendo la conformación de coaliciones y de listas, emitirán posicionamientos políticos con respecto a los problemas económicos, sociales o de seguridad, que son producidos a partir de criterios muy similares a los que utilizan las empresas para establecerse geográficamente cerca de los consumidores.

Esta interpretación no es nueva. Pero, de la “racionalidad “del cliente - elector propuesta por Buchanan, hemos pasado a la “irracionalidad “del elector, paradigma de la escuela de la economía psicológica de Dan Ariely y, hoy nos enfrentamos al manejo de una “bipolaridad “del votante potenciada por la aplicación de herramientas altamente sofisticadas, en particular, por el uso de algoritmos inteligentes que permiten “personalizar” el producto (el candidato) en función de un mercado- target.

Es necesario, entonces, para entender el “juego de la política “identificar una “arqueología de las ideas”, deconstruir mitos y desmarañar una hebra evolutiva (como dirían los historiadores del pensamiento económico), que nos lleva directo al estudio de diversas Escuelas de análisis económico del comportamiento político, pasando por Buchanan, Lucas, Ariely, etc, para aterrizar en las posibilidades (y los riesgos) abiertos por los algoritmos inteligentes en la era del “big data”.

El análisis económico del comportamiento político se desarrolló a partir de la autonomía de una rama especializada, llamada Elección Social (o Public Choice). Uno de sus más destacados líderes y teóricos fue Buchanan (jijijiji, no, no es el whisky, aún que muchos politiqueros locales, altamente confundidos, parecen pensar que sí).

Así que paramos de la cuestión fundamental: ¿Quien toma las decisiones públicas?

En época de elecciones, en que se habla de “mafias del poder”, de presión de los mercados, de “grupos de interés “, de “cambios “y de “continuidades, en la realidad lo que estamos debatiendo (y decidiendo) es a quien entregar las posiciones de decisor. Porque, a pesar de todos los pesos y contrapesos, al final del día las decisiones del Estado las toman los políticos que están en el poder.

Y, hasta determinado punto (según el personaje de Humphrey en la serie británica “Yes, Minister” y su secuela, “Yes, Prime Minister”, al 100%), los funcionarios, el aparato burocrático del Estado.

Ahora bien, llegados a este punto, resulta necesario deconstruir un “mito “moderno, altamente inoperante porque propone la existencia de razonamientos “universales”, “lógicos “que son, en la realidad, enormes falacias. 

El “mito” del elector racional que vota en función del interés común que esconde el verdadero mecanismo del sistema: la bipolaridad de las decisiones políticas y la irracionalidad, intrínseca, en la formación de la “opinión ‘, hoy en día, diríamos, de los “trending”.

Por ejemplo, en la sociedad de economía de consumo en que vivimos (en transición de la 3a. a la 4a. Globalización) todo el mundo encuentra lógico que los consumidores y los propietarios de los medios de producción, adopten sus decisiones en función de su propio interés.  Sin embargo, se tiende a considerar que los políticos deben deciden en función del bien común. Y, que el elector, que no es más que un “consumidor ciudadano” haga lo mismo. Eso no ocurre en la realidad.

En el mundo real los políticos adoptan sus decisiones en función de sus propios intereses y, los votantes, el “consumidor “, el “cliente votante”, igual. Como todo el mundo. O sea, con una dosis de racionalidad (en el sentido de objetivación de intereses reales) y una cuota parte, con inmenso peso, de “deseo”, o sea, de una subjetividad que emana de elementos psicológicos no racionales. Ambas variables están presentes en las fuerzas que llevan el político a buscar el voto y el elector a votar por determinado político.

Así, un político, cualquier político, se esforzará en ser electo y, en ser reelegido. Para tal, necesita de obtener una mayoría de sufragios. En consecuencia, está obligado, en un sistema representativo con partidos en competencia, a hacer todo lo posible para que su partido obtenga más votos.

Esto tiene un efecto interesante sobre la definición de “interés común “. Lo que ocurre es que en los países democráticos donde hay libertad de prensa, los intereses de los políticos suelen coincidir con los intereses de la mayoría de la población. Sumariando, las fuerzas en juego tienden a acercarse al punto de equilibrio de mercado en que el interés particular se acerca al interés común, porque los políticos (y los partidos) están obligados a captar el mayor número posible de “clientes- votantes”.

De la misma manera, cuando están en posiciones de poder — federal, estatal o local — tratan (o deberían de tratar) de satisfacer las necesidades (deseos) del mayor número posible de ciudadanos con el fin de maximizar el número de votos en las siguientes elecciones.

Esta explicación de Buchanan y de la corriente a que llamamos de “Public Choice” es particularmente eficiente para analizará el comportamiento del “cliente - votante “en tres contextos: el del duopolio partidario (por ejemplo: Estados - Unidos); el del oligopolio partidario (México) o los sistemas pluripartidistas (Francia, Alemania). Esto, tal como lo referimos con anterioridad, porque donde hay libertad de expresión, y, por ende, libertad de informar (prensa) y libertad de opinión, los intereses de los políticos suelen coincidir con los intereses de la mayoría de la población. Pero, hoy, tiene que ser revisada a la luz de las posibilidades de distorsión del comportamiento de dichas variables introducidas por la “reingeniería “electoral, a partir del uso de bases de Datos masivas que permiten identificar, con precisión milimétrica, el “deseo” del elector y adaptar la “información “y la narrativa para construir “puntos de equilibrio “artificiales.

Al hacerlo, básicamente se está destruyendo el ADN de las democracias cuyo funcionamiento ideal parte de la premisa de la existencia de un sistema que permite, libremente, la construcción de una opinión informada y, por ende, de opciones racionales.

Un ejemplo, particularmente elocuente de las aplicaciones de esta interpretación, es el análisis de las opiniones del electorado sobre el tipo (los tipos) de intervención del estado en temas polarizantes, tales como la economía del país, o sobre la cuestión migratoria, seguridad, etc 

Tal como ya lo habíamos visto en un artículo publicado hace años (“Las Decisiones públicas“), podemos ejemplificar lo arriba enunciado, a partir de un ejercicio hipotético.

Imaginemos, por un momento, que se representan las opiniones del electorado sobre la conveniencia de la intervención del estado en la economía de un país a lo largo de una línea horizontal (por ejemplo, sobre la cuestión energética). La posición de extrema izquierda significa que el estado debe asumir el control total de la rectoría económica del sector energía, o sea que controle el 100% de la extracción, de la transformación en derivados y de las estructuras de comercialización.

En el extremo derecho de la línea se posicionan los que quieren que el estado se abstenga de cualquier intervención, que controle el 0%. Supongamos que, en ese país hipotético, hay sólo dos partidos políticos: uno de derechas y otro de izquierdas. Los partidos, mediante declaraciones públicas, definen sus programas políticos especificando el porcentaje de control sobre el sector energético que pondrán en manos del estado si son elegidos para ocupar el gobierno.

Los votantes (el Zoon politikon, transformado en “cliente- votante”) si actúan racionalmente, elegirán aquel partido cuya propuesta esté más próxima a sus opiniones. Si el partido de la izquierda propone una intervención del 66% y el de derechas una intervención del 0%, el partido de izquierdas será votado por todos los “clientes” que se encuentren más próximos, los situados entre el 100% y el 33, 3%.

Para impedir la victoria de la izquierda y ganarse a los votantes del centro, el partido de la derecha empezará a suavizar sus posiciones aumentando el porcentaje de intervención económica de su programa.

Llevando a sus últimas consecuencias este razonamiento Buchanan y los autores de la corriente “public choice” llegan a la conclusión de que en los sistemas políticos bipartidistas existe una tendencia a que ambos partidos propongan soluciones políticas muy parecidas y situadas en el centro del espectro político.

El problema es que, a la hora de decidir, los “clientes - votantes”, tal cono Dan Ariely no lo ha hecho evidente, son definitivamente bipolares: pueden actuar racionalmente y pueden actuar irracionalmente. Casi siempre consiguen tener los dos comportamientos a la vez. Y, esta bipolaridad es acentuada, de forma extraordinariamente eficiente como no lo demostró la elección de Trump en Estados- Unidos, por las posibilidades de manipulación psicológica introducida por los algoritmos inteligentes que permiten dirigir (y adaptar) la narrativa política (la oferta) del candidato al deseo (la demanda), variable emocional y subjetiva del “cliente -votante”.

 

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