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Pese a su corta vida, Manuel Acuña dejó una huella profunda

05/12/2009 06:59 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Joven promesa literaria, el poeta mexicano Manuel Acuña, quien perteneció a la generación de escritores reformistas-liberales y es recordado por su "Nocturno a Rosario", se quitó la vida a los 24 años de edad, el 6 de diciembre de 1873. Nació el 27 de agosto de 1849 en Saltillo, Coahuila, donde estudió en el Colegio Josefino y a los 16 años se trasladó a la Ciudad de México para estudiar latín, filosofía, matemáticas y francés en el Colegio de San Ildefonso. En 1868 se inscribió en la Escuela de Medicina pero su inclinación eran las letras, por lo que fundó con Agustín Cuenca la Sociedad Literaria Netzahualcóyotl, que seguía la tendencia nacionalista de Ignacio Manuel Altamirano. Sus biógrafos señalan que Acuña siempre estuvo alejado de las fiestas, desorden y excesos porque su carácter no era compatible con sus compañeros juerguistas de aquellos años, o quizá porque sus escasos recursos no le permitían llevar una vida desenfrenada. El escritor se desarrolló en una época en que la sociedad mexicana era dominada por una intelectualidad filosófico-positivista, además de una tendencia romántica en la poesía, motivo por el cual su obra incluye tanto elementos románticos, positivistas y temas sociales. Para Acuña, la liberación del ser humano sólo era posible a través de la ciencia y la educación. La formación religiosa y la filosofía positivista lo convirtieron en un incrédulo. Tampoco encontró correspondencia en sus vivencias personales y dada su extrema sensibilidad, a menudo era presa de la desesperación con tendencias suicidas, como una respuesta a la liberación de sus angustias. Su verso más famoso es "Nocturno a Rosario", dedicado a su amada y el cual ha pasado por generaciones como un canto al amor y al desengaño, así como "Ante un cadáver", que representa toda una reflexión acerca de la vida y la muerte desde el punto de vista de la materia misma y su transformación. La casa de Rosario de la Peña, quien despertó la desesperada pasión de Acuña, era a menudo convertida en tertulia donde escritores de aquella época exponían sus nuevos versos y debatían sobre filosofía o bibliografía. Otros poemas de su autoría son "La ramera" y el drama "El pasado", además de que colaboró en diversos periódicos como "El Renacimiento", "El Federalista" y "El Domingo". La crónica le otorgó un sitio destacado como poeta, mientras que en los círculos intelectuales alabaron su genio y calidad como escritor, nadie dudaba de su exitoso futuro. Sin embargo, nadie sabía lo que pasaba por su mente o por su atribulado corazón aquel 6 de diciembre de 1873, cuando tomó cianuro de potasio para cortar su joven existencia. Rosario fue el gran amor de su vida, mujer que estuvo íntimamente ligada a él en sus últimos años y, según parece, pesó tanto en su ánimo que mucho tuvo que ver con su trágica muerte. Manuel Acuña fue enterrado al día siguiente de su muerte en una ceremonia donde amigos como Justo Sierra, Juan de Dios Peza, Gustavo Baz y Eduardo Zárate derrocharon sentimentalismo. A partir de 1917 los restos del autor reposan en su ciudad natal. El joven bate privó a los amantes de la poesía de ver su evolución y comprobar que estaba destinado a ser uno de los grandes en las letras mexicanas.

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