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La política “no le gusta” a los mexicanos

22/03/2010 04:08 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Si nos atenemos a que el ser humano es un ser político, no es que al mexicano “no le guste la política”, siglos de atraso general y malos ejercicios de gobierno le han convertido en lo que es

Juan Norberto Lerma

Se ha convertido en un lugar común decir que al mexicano “no le gusta la política”.

Si no le ha gustado la política al mexicano, sí por lo menos le ha interesado alguna vez, digamos que por épocas, tal vez en 1810, a lo mejor en 1910, quizá en 1968, en 1988, en 1994 y en el 2006. En todas esas fechas se dieron actividades políticas importantes y participaron amplios sectores de la población en la construcción o deformación del país, reconozcamos que la participación se ha reducido a ser carne de cañón, pero algo queda, equivocado o no, entre la sociedad.

Todos esos movimientos son emblemáticos y la participación es coyuntural, todo mundo opina, discute y se alínea en el lugar en el que se siente más a gusto o en el que considera que obtendrá mayores ventajas. Pero ahí está o estuvo su participación plasmada sin atender a los resultados inmediatos ni posteriores. Lo importante es que participó. Desde luego hay lagunas, años de volver a la normalidad “a la mexicana”, estancamiento o retroceso puros.

En el 2010, al mexicano común “no le gusta” la política, pero no le gusta porque esté degradada o descubra podredumbre en ella, porque entonces implicaría que el mexicano es dueño de un espíritu elevado, el cual podría corromperse si lo acercara mínimamente a la porquería (que intuye o asegura que existe de oídas o con pruebas) que es la política. Nadie nace con un alma incorruptible, salvo casos de los que da cuenta la religión, ni tampoco brotan de la nada almas inclinadas a la corrupción y la maldad, salvo casos de los que se ocupa algún área de la medicina. Somos más o menos libres de elegir una cosa o su contrario. O de construirnos casi como mejor nos parezca.

Si nos atenemos a que el ser humano es un ser político, no es que al mexicano “no le guste la política”, siglos de atraso general y malos ejercicios de gobierno le han convertido en lo que es. Ha tenido que aprender en la práctica y la imagen deformada que ha conocido lo ha condicionado para temerla, para detestarla, para alejarse y verla escandalizado desde un lugar en donde pretende que no lo afecta. Pero lo afecta, por el simple hecho de que en estos tiempos difícilmente alguien puede sustraerse al influjo de las políticas que norman la sociedad. La política, como cualquier disciplina, debería tender a adaptarse y a evolucionar. Si no ocurre aquí o en otras partes es otra cuestión, pero por lo pronto el hombre no ha inventado una mejor forma de “dirigir” o “controlar” una sociedad.

La política mexicana está llena de taras y no sólo de las que ha heredado, sino además de las que va generando. Los resultados saltan a la vista. El político mexicano ha evolucionado lentamente, presumiblemente al mismo ritmo de la sociedad de donde proviene y que él contribuye, con su ejercicio de poder equivocado, a detener. Estamos unidos irremediablemente. Nuestro atraso es su atraso y a la inversa.

Hoy casi cualquiera puede aspirar a un puesto de elección popular, lo cual no es malo, lo malo es que ese cualquiera crea de verdad que para ser político no se necesita por lo menos tener “el gusto” por la política y saber lo que significa.

"Aun cuando le resultan casi lo mismo políticos y narcos, si le dan a escoger elige (como fantasía) ser narco: es más práctico, el ascenso y la caída son meteóricos y casi no hace falta preparación al

Al mexicano que anda en la calle “no le gusta” la política porque como cualquier disciplina implica esfuerzo intelectual, tal vez dedicación y estudio; en suma, trabajo con algunas características perfectamente definidas o especializadas. Aunque el mexicano no quiera recordarlo, de cualquier forma vivir en sociedad representa un acto si no político, sí por lo menos de civilidad, y seguramente una cosa lleva a la otra.

Le gusta sí, el lujo y la ostentación de que se rodea un político. Lo ve con envidia o con indiferencia y como una posibilidad de salir de su ruina, pero intuye sus limitaciones personales y hasta generacionales y prefiere denostar el oficio.

En ese sentido, aun cuando le resultan casi lo mismo políticos y narcos, si le dan a escoger elige (como fantasía) ser narco: es más práctico, el ascenso, y la caída, son meteóricos y casi no hace falta preparación alguna. Pese a todo, le parecen admirables las maneras que utiliza el político para expresarse y encadenar las ideas. Lo escucha como a un libro aburrido y viejo que lo transporta a una tierra de poco esfuerzo y que, a cambio de tachar una boleta, le promete innumerables momentos de esparcimiento.

Eso lo hace olvidar que hasta en Jauja el hombre tiene que realizar alguna labor, ya sea para mantener el estatus o para obtener uno más elevado dentro de su comunidad. El hombre necesita acción y el mexicano es un hombre de acción, no de reflexión. Si le dan a escoger, sobre todo a los más jóvenes, prefiere lavar platos en Estados Unidos unas cuantas horas al día durante determinado tiempo, que dedicar un par de años a su instrucción en su propio país. Lo primero le reporta el sustento inmediato y la promesa de elevar su nivel económico, y lo otro en este país no es garantía de supervivencia ni de mejorar su estatus.

Al mexicano le interesa la política de una manera trivial, como algo que no lo atañe, es parte de su carácter, pero en un contexto elaborado se aparta de ella por respeto y reconocimiento de sus limitaciones. Si no le gustara no estaría pendiente de la chacota que la política genera, o no sabría los últimos chismes del político de moda. Los lee en las portadas de los diarios y se entera por casualidad en los noticiarios. Sabe lo que han hecho mal los políticos en este sexenio y en los anteriores.

Conoce a la perfección el último pleito entre partidos e incluso los que se dan entre los miembros de un mismo partido. Desde luego, eso no es hacer política, pero por lo menos está al corriente del chisme y sin remedio padece las políticas que ejercen en su contra. Suple con su fantasía su desconocimiento y disfruta la política de oídas, de esa forma elude su responsabilidad por los males que lo aquejan y hace recaer la culpa siempre en otros. Le atribuye a la política virtudes que no tiene y exagera sus efectos por falta de acercamiento. No existen almas puras que acudan a nuestro rescate ni seres incorruptibles que por su buena voluntad nos saquen del atraso. En todo caso lo que hay es gente que puede informarse participar marginal o abiertamente. Tenemos que aprender que aunque lo parezca, la política no es cosa de “iniciados” y tal como se práctica en México, a veces es más bien cosa de “indiciados”.

"El político mexicano ha evolucionado lentamente, presumiblemente al mismo ritmo de la sociedad de donde proviene y que él contribuye, con su ejercicio de poder equivocado, a detener. Estamos unidos i


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