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¡Qué paradoja!

16/11/2009 02:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¡Qué paradoja! Los defensores de un estado laico, marchan bajo el amparo de la Virgen de Guadalupe

La lucha por los derechos de los obreros ha sido una preocupación en la Doctrina Social de la Iglesia. El trabajo “ha sido querido y bendecido por Dios”, recuerda la Encíclica Populorum Progressio. El mismo documento del magisterio del Papa Montini hace énfasis en la dignidad del trabajo que había proclamado su antecesor al recordar que es un deber social “restituir al trabajador su dignidad, haciéndole participar realmente de la labor común: «se debe tender a que la empresa se convierta en una comunidad de personas en las relaciones, en las funciones y en la situación de todo el personal» Pero el trabajo de los hombres, mucho más para el cristiano, tiene todavía la misión de colaborar en la creación del mundo sobrenatural no terminado, hasta que lleguemos todos juntos a constituir aquel hombre perfecto del que habla San Pablo, «que realiza la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13).

La lucha de los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas puede abrazar una causa justa; sin embargo, el movimiento ha sido politizado y, sus dirigentes, han tomado partido para atraer hacia ellos a los representantes de la izquierda, arropándose bajo controvertidas figuras de diputados y senadores que marchan a la cabeza de las manifestaciones que reclaman solución para revertir el decreto del poder ejecutivo que desaparece la empresa Luz y Fuerza del Centro.

La marcha del pasado miércoles 11 de noviembre en la ciudad de Mexico quiso mostrar la fuerza de un sindicato que ha visto mermada su capacidad en más de la mitad de sus miembros, cuando el 60% de sus agremiados han aceptado las condiciones ofrecidas por las autoridades laborales. No quisiera detenerme en estas controversias para decir a quién asiste la razón; sin embargo, su poder de movilización, el pretendido carisma de los líderes que quieren enarbolar la bandera de la clase obrera y el significado que encierran las fechas del próximo bicentenario del inicio del movimiento de Independencia, han echado a andar el populismo, los carismas aparentes y las liderazgos que, en lugar de serlo, son los espejismos de una dirigencia que se vale de las necesidades populares para sacar provecho propio. El fin justifica los medios, no importa si se hace uso de lo símbolos más queridos y representativos del pueblo de México.

En esa megamarcha del Sindicato Mexicano de Electricistas, el líder de los trabajadores, Martín Esparza, rodeado de los líderes de izquierda Alejandro Encinas Rodríguez, coordinador de la fracción parlamentaria del Partido de la Revolución Democrática en la Cámara de Diputados, el diputado Gerardo Fernández Noroña, aguerrido legislador que argumenta con las vísceras en la tribuna de la Cámara Baja, recordando hasta la saciedad el trillado cuento de la presidencia usurpada, tomó un estandarte de la imagen de la Virgen de Guadalupe. De inmediato, la controversia no se hizo esperar entre quienes defendieron al líder y los que llamaban a no usar la imagen de la guadalupana en los movimientos de tinte político.

¡Qué paradoja! Todos ellos son defensores a ultranza de un estado laico o, mejor dicho, del laicismo beligerante que quiere reducir a las asociaciones religiosas a espacios mínimos donde no puedan ejercer el derecho a la opinión sobre política o los temas más controvertidos de la vida nacional. Y ellos, los convencidos del laicismo, se unieron bajo el amparo de la Morena del Tepeyac, mítico emblema de la lucha revolucionaria de 1810, símbolo de la fe de un pueblo que es custodiada por la Iglesia Católica, cuyos clérigos tienen prohibido meterse en política.

No es para menos que los obispos, reunidos en su 88 Asamblea Plenaria, aprovecharan el foro para lanzar su advertencia sobre el desafortunado uso del estandarte; su ostentación en estas manifestaciones políticas, advertía monseñor Miguel Ángel Alba, obispo de La Paz, podrían volverse “engañosas y dolosas”, aunque no dudaba de la sinceridad de los manifestantes.

La reacción de los electricistas no se hizo esperar. De inmediato salió el desgastado discurso de que los clérigos “no deben meterse en política”. El vocero del SME, Fernando Amezcua, según los informes de prensa, habría manifestado que la imagen de Guadalupe “se utilizó en el movimiento de Independencia y no es propiedad exclusiva de alguien.”

Martín Esparza, rodeado de los líderes de izquierda, tomó un estandarte de la imagen de la Virgen de Guadalupe

Y si las declaraciones del señor vocero del sindicato tienen la intención de dar una equiparación del movimiento iniciado en 1810 con el suyo por la desaparición de Luz y Fuerza, sobraría decir que su visión de la historia y de la realidad nacional es obtusa, velada e ignorante. ¡Qué paradoja! Ahora, si se sostiene ese argumento, vendría a ponerse al líder del sindicato como uno de los legítimos dueños, sucesores o poseedores del ideal de Hidalgo al haber alzado una representación de la imagen de la guadalupana para iniciar una insurgencia en 1810.

Creo que estas escenas de la vida de nuestro país sólo pueden ubicarse en una ignorancia crasa de sus protagonistas. Ni Martín Esparza, ni Gerardo Fernández Noroña, Alejandro Encinas o quien sea pueden arrobarse en su supuesta visión revolucionaria y alzar imágenes religiosas para conducir a una lucha en nombre del pueblo de México. No hay el ideario, no hay la calidad, no hay el intelecto ni la autoridad para hacerlo y menos, si se dicen congruentes, en una República laica de la que son supuestos defensores: un poquito de lectura de historia, sin pasiones ni arrebatos, podría hacerlos caer en la realidad de que el cura de Dolores y todos los insurgentes se movían en un sistema cuya mentalidad y sociedad estaban ancladas en los cimientos religiosos y en la vida de una Iglesia y una fe en la que habían moldeado sus conciencias.

Miguel Hidalgo, José María Morelos, Mariano Matamoros y todos los caudillos de la revolución de independencia de 1810 eran hombres políticos y religiosos. Su muerte fue afrontada con la preocupación de verse reconciliados con una Iglesia que, en su momento, los reprobó. El genio de Morelos no tiene comparación con las figuras contemporáneas que ahora se dicen legítimas para llevar una lucha; sencillamente, no son de ese calado, no arrastran, no convencen, no son coherentes.

¡Qué paradoja! Esos mismos líderes buscan la bendición de los curas y los obispos. Cualquiera puede tener preferencias políticas y si hay curas que han simpatizado por la causa del SME, es una decisión respetable. Los señores líderes de los electricistas y los representantes en el Congreso, se creen con la autoridad de decir qué Iglesia está bien y qué Iglesia está mal: Si los obispos denuncian el uso falaz de imágenes religiosas en mítines y marchas, de inmediato los representantes señalan con dedo flamígero las “violaciones a la Constitución y a las leyes nacionales” porque los clérigos se meten en política y en cosas que no les corresponden… de inmediato gritan: “Es la Iglesia conservadora, la que está al lado de la derecha, la que está con los ricos, la que oprime a los pobres…” es la Iglesia que no debe opinar, la “Iglesia política” que debe ser amordazada y atada…pero si hay un padrecito que habla en sus asambleas “en nombre de la Iglesia solidaria” de inmediato lo alzan en brazos, todos le aplauden, todos dicen que ése representa la Iglesia del Pueblo, la verdadera Iglesia que camina con los pobres, la que no hace política, la que está del lado de los marginados, la que tiene el derecho de alzar la imagen de la Virgen de Guadalupe… ¡Qué paradoja!

Ni el SME, ni Martín Esparza Flores, ni los legisladores de izquierda que los apoyan, están a la altura de aquéllos que formaron las generaciones que dieron identidad a la nación mexicana. En esos movimientos sociales que cambian bandera a su conveniencia, no hay genios y estrategas como Juan, Mariano e Ignacio Aldama, como los Rayón, los Galeana, Francisco y Gordiano Guzmán, como Pedro Moreno y Francisco Xavier Mina; no hay figuras como las de un Mariano Jiménez o Vicente Guerrero, no hay quienes finquen el ideal de una nación como lo hicieron mentes de la talla de Andrés Quintana Roo y Manuel Ramos Arizpe, ni habrá próceres como los de una insurgencia que emergió en 1810 al grito de Hidalgo e impulsada por Morelos.

Lo que vimos esta semana es producto de esta paradoja en la que se mueven los “líderes del pueblo”… o quizá no lo sea, sino más bien la desafortunada incongruencia política que tiene aletargada a esta sociedad que, por más que quiera, no puede trabar los pactos que le indiquen por dónde caminar para salir del atolladero en el cual se encuentra. ¿Paradoja o esquizofrenia?

Sursum Corda. El blog de Guillermo Gazanini

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