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Reflexión sobre la asunción de la santísima Virgen María

16/08/2010 17:32 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageA continuación se presenta la reflexión sobre la Asunción de la Santísima Virgen María por parte del Arzobispo de Monterrey, Emmo. J. Francisco Cardenal Robles Ortega.

Ayer domingo dimos cuenta que el efecto del misterio pascual de Cristo, con su muerte y resurrección para nuestra salvación, se cumplió cabalmente en la persona de la Santísima Virgen María, quien es figura de la Iglesia y de toda la comunidad de discípulos de Cristo.

María fue concebida sin pecado, en virtud de la muerte redentora y resurrección salvadora de nuestro Señor Jesucristo.

Y aquí está el inicio de la salvación para toda la humanidad; en Adán todos morimos, así que por ser nosotros sus descendientes, estamos marcados con el pecado, el cual es la muerte.

Pero si en Adán todos morimos, en Cristo todos volvemos a la vida.

La vida que perdimos en Adán la recuperamos en Cristo, quien murió y resucitó por nuestra salvación.

María, concebida sin pecado, no podía experimentar la corrupción del cuerpo en el sepulcro, ya que éste es efecto del pecado, por lo que a su muerte, María, fue llevada en cuerpo y alma a participar de la vida y de la gloria en Dios.

Esta solemnidad en honor de María, es para nosotros, la Iglesia, un motivo de recuerdo y de esperanza.

¿Qué nos recuerda la asunción de la Santísima Virgen María a los cielos? Nos recuerda que nuestra meta definitiva no está aquí en esta tierra, en la cual sólo somos peregrinos que vamos caminando a un destino superior, sublime; María, nos recuerda cual es nuestro destino y hacia dónde vamos: tenemos una casa definitiva en el cielo.

Sin embargo, a muchas personas este horizonte sobrenatural les es completamente ajeno; ¿cuántas personas se afanan por las cosas de este mundo, como si fueran definitivas?, ¿cuántas personas luchan con injusticia y pisoteando la dignidad y los derechos de los demás para asegurarse un bienestar en esta tierra, que no es nuestra casa definitiva?

Y María, elevada a los cielos en cuerpo y alma, nos hace este recordatorio: "Discípulos de Jesús, miren a donde vamos"; entonces crece nuestra esperanza de los bienes que están más allá de esta tierra, y que Cristo nos mereció con su muerte y su resurrección.

Basta recordar las palabras de nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos: "En casa de mi Padre hay muchas habitaciones, Yo me voy a ir y les voy a preparar una habitación para que donde Yo esté, estén también ustedes".

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Nuestra esperanza está en participar un día, de la plenitud de la vida de Dios en Cristo,

En María ya se cumplió a plenitud y cabalidad, porque ella fue la creatura preparada por Dios para ser la morada de su Hijo Jesucristo, al hacerse hombre.

Por ello escuchamos en el Evangelio según San Lucas (Lc. 1, 39-56) el saludo de Isabel a María: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!"; palabras que dijo Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, a las que añade: "¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?".

El Señor es Dios, por tanto cuando Isabel, movida por el Espíritu Santo, reconoce que María es la Madre de Dios, que lleva en su seno al que es nuestro Salvador; que dará a luz al que morirá y resucitara por la salvación de todos los hombres.

En consideración de este papel de María, de ser la madre de Dios, del Salvador y en orden a los méritos que Jesucristo nos alcanzó con su muerte y resurrección, es que María es llevada a la gloria de Dios en cuerpo y alma.

Así la contemplamos y celebramos en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, como figura de la Iglesia y de la comunidad de los discípulos de Cristo, por quien confiamos alcanzar la salvación y la vida eterna, gracias a los méritos de su muerte y resurrección.

Contemplemos a María y saquemos para nosotros una lección: no está aquí nuestra casa definitiva, vamos peregrinos y necesitamos disponernos a ese encuentro definitivo con Dios; necesitamos despojarnos de todo aquello que es mancha y pecado, que es indigno de nuestra dignidad de ser hijos de Dios y que nos impide contemplarle.

Vivamos en esta vida como peregrinos, no apegados, ni encadenados a las fuerzas del mal; vivamos en la libertad de los hijos de Dios, siguiendo el ejemplo de María, con la mirada puesta en la meta final.

Hermanos que la Santísima Virgen María nos recuerde, nos asista y nos sostenga en nuestra peregrinación hacia el cielo.

Que así sea.

Fuente|El Porvenir.


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