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La relación de políticos y medios

11/04/2012 13:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Juan Eduardo Martínez Leyva

Es durante los procesos electorales cuando los ciudadanos aprecian con mayor claridad la relación entre los medios de comunicación y los políticos. La propaganda es la forma en que se trasmite la ideología y las propuestas de gobierno de los contrincantes en una competencia electoral. Ésta ha cambiado con el amplio desarrollo de los medios electrónicos y lo está haciendo a una velocidad impresionante con el internet. Anteriormente la propaganda se llevaba a la calle. Era el lugar por excelencia donde los políticos se encontraban con los potenciales votantes. Los mítines en las plazas públicas, los volantes o carteles impresos, las bardas pintadas, las mantas y anuncios espectaculares, todos estos fueron los vehículos pre modernos de la difusión de la propaganda. Ahora subsisten como una reminiscencia del folklore político y ocupan un lugar menor en el presupuesto de los partidos; su efectividad ha cedido el terreno a la radio y la televisión. Los políticos ya no tienen que ir físicamente a presentarse a la gente en las plazas públicas, y si lo hacen, es sólo por interés escenográfico. Los ciudadanos no están fuera de su casa sino sólo de manera transitoria. Uno los encuentra en su hogar, sentados cómodamente frente a un dispositivo que ven y escuchan. En este espacio físico es donde los políticos establecen el "contacto personal", lo hacen de manera virtual a través de mensajes breves, grabados especialmente para el audio y el video.

La propaganda irrumpe en el espacio privado, ante la mirada pasiva de los espectadores, utilizando las mismas técnicas de persuasión que aplica la publicidad comercial. Es decir, no intenta convencer exponiendo ideas y conceptos complejos para solucionar los problemas que enfrentan las comunidades; se trata de manipular conductas colectivas motivando de manera subliminal las conciencias. El éxito de la propaganda y la publicidad se mide en términos de la participación de mercado de los productos exhibidos. El político mide la efectividad del mensaje en porcentaje de votos y las empresas lo hacen en volumen de ventas.

La ciudadanía está menos indefensa a los efectos de la manipulación mediática si cuenta con mayor información y mecanismos educados para procesarla, y si existe diversidad de emisores de mensajes. Por desgracia, este no es el caso de México, en dónde los niveles y la calidad de la educación se encuentran muy rezagados y la concentración de la propiedad de los medios masivos de comunicación electrónica es preocupante.

La última reforma política intentó poner límites a la relación entre los dueños de los medios de comunicación con los grupos políticos hegemónicos. Lo logró sólo en parte, al prohibir la contratación privada de publicidad política en tiempos electorales. La reacción de los comunicadores contra la reforma política fue excesiva, en la medida en que se afectaba una de sus fuentes de ingreso más fáciles de obtener. El argumento, políticamente correcto, utilizado para oponerse a la reforma fue la defensa de la libertad de expresión.

La prohibición encontró muy pronto, como era de esperarse, su mercado negro. Los involucrados diseñaron nuevos mecanismos de relación comercial y es probable que los ingresos por concepto de ventas a clientes políticos de las empresas mediáticas no hayan disminuido, como ellas temían. Basta observar cómo han crecido los presupuestos destinados a la "comunicación social" en casi todos los niveles de gobierno. La práctica de la simulación en la facturación, mediante la cual se documenta una venta por un concepto distinto a los servicios realmente prestados, como ya se ha denunciado, es muy probable que se encuentre en su apogeo. El intercambio de favores que no tienen necesariamente una factura comercial, como el poner a disposición de los dueños de los medios de comunicación un buen número de candidaturas, para que lleguen a las cámaras representantes directos y más obvios de sus intereses, es un indicio de que ha habido innovación en los mecanismos de concertación entre políticos y medios. Aquí no se trata del mecanismo simple del cabildeo que se suele hacer entre grupos de interés y legisladores, para influir en las decisiones del congreso, y del cual en algún momento se pensó en hacerlo más transparente a la ciudadanía. No, se trata de algo mucho más atrevido. ¿A cambio de qué un partido político permite que personeros de los intereses de los comunicadores dominantes lleguen formar parte al poder legislativo? ¿Acaso se piensa que con ello se defiende de manera más efectiva la libertad de expresión?

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Otro de los filones que explotan ambas partes es la fabricación de candidatos. Ésta ocurre, con mucha anticipación, durante los tiempos previos a las campañas políticas, en periodos en los que no aplica la fiscalización de las autoridades electorales. Su mecanismo es tan burdo como simple. ¿En qué consiste? Los medios y los políticos llegan a un acuerdo tácito para que la imagen de este último sea proyectada de cierta forma y con cierta periodicidad. Así, bajo el falso argumento de la existencia de un interés noticioso, se va creando lo que se llama nivel de conocimiento público. La gente empieza a conocer a alguien por la repetición que de su nombre o de su figura proyectan los medios. La popularidad, creada de manera interesada, es recogida periódicamente por las casas encuestadoras (por cierto, asociadas con los propios medios), mediante mediciones que difunden ellos mismos. La imagen del político, es decir la percepción que la gente tiene de él, es presentada a la ciudadanía y a las militancias como un hecho incontrovertible. En su momento, los partidos políticos escogen a sus candidatos en función del éxito que tengan en las encuestas, cerrando así el círculo. Obviamente que en este proceso de producción, como en cualquier cadena de montaje, pueden salir productos defectuosos. La fábrica de candidatos no tiene exclusividad y puede ser contratada por cualquier cliente solvente (persona física o moral), como de hecho ocurre. Al vender los servicios a varios partidos y candidatos, parecería que no existe conflicto de intereses, porque el servicio que aparentemente se vende es sólo de maquila y una vez salida la mercancía no se aceptan reclamaciones. Sin embargo, una vez que los candidatos logran su objetivo de convertirse en gobierno, su relación con los medios queda sellada con una especie de sagrada lealtad reciproca. La protección mutua de sus intereses, dura hasta la nueva coyuntura política. En este nuevo contexto la relación se puede deshacer o rehacer, dependiendo de las circunstancias. Se puede ser aliado y víctima, de manera indistinta, en esta relación con los medios, como pueden atestiguarlo muchos personajes. El fundamento de esta relación no es ideológica sino estrictamente mercantil y de interés corporativo. Los medios tienen preeminencia sobre los políticos, en razón de los niveles de concentración que detentan en el mercado mediático. Los políticos, por su parte, negocian con las empresas desde una posición de debilidad, no obstante tener la discrecionalidad en el uso de los presupuestos de comunicación. Lo hacen de manera individual y su desventaja es consustancial a lo efímero que suele ser su permanencia en las posiciones de gobierno y aún en la escena política. Aunque, hay que reconocer que en ocasiones los medios ofrecen un servicio impecable al poder político, manejando la producción de percepciones sociales que luego se miden con encuestas, como lo pudimos ver en el asunto de Florence Cassez. En este caso los aliados operaron en contra del poder judicial.

Dada a esta situación, en la que la política fue capturada por la mediocracia, es más probable que durante los nuevos gobiernos se empuje una contra reforma política para restablecer los privilegios perdidos, en lugar de avanzar en los siguientes pasos para consolidar el espíritu de la ley actual y superar los obvios problemas que mostró en algunos aspectos de su ejecución. Nada bueno hay que esperar tampoco en lo relativo a las reformas para permitir que un mayor número de empresas participen, en un ambiente competitivo, en la explotación de las concesiones para la trasmisión de televisión abierta.

¿Puede haber liderazgos políticos y sociales al margen de las grandes empresas mediáticas? ¿Se puede disminuir la excesiva influencia que ejerce la mediocracia sobre los poderes legítimos del estado? Hay ejemplos en otros países de cómo la sociedad se ha podido movilizar saltando el cerco que le han impuesto las estructuras de poder. Los indignados de España, las personas que han ocupado las plazas de los centros financieros estadunidenses, las juventudes árabes en Siria, Libia, Egipto, han logrado establecer una forma efectiva de comunicarse y convocar a las grandes manifestaciones, utilizando las técnicas electrónicas de comunicación personal. En gran medida, el liderazgo de Barack Obama y su triunfo electoral, es atribuido al uso inteligente de este tipo de comunicación. No obstante los impresionantes resultados, las limitantes para consolidar movimientos sociales que presionen los cambios, a través de este tipo de cadenas de comunicación individualizadas, están a la vista. Por su propia naturaleza, las redes sociales han sido exitosas para protestar, pero no han podido darle organicidad ni dirección a sus movimientos. No han construido un liderazgo alternativo visible, ni han articulado un discurso político o ideológico. En México, aunque los usuarios de internet han crecido y han hecho mucho ruido en la red, siguen siendo una minoría, con escasa capacidad para influir en la formación de opinión pública. Con el tiempo, es probable que las redes tengan una mayor influencia y puedan ser factores determinantes en el cambio del estado de cosas actual.

Con todo, se puede afirmar que uno de los grandes pendientes de la joven democracia mexicana es la transformación de la relación entre los partidos políticos y los medios de comunicación. Es seguro que estos cambios no se originarán por iniciativa de los grupos que, desde adentro del sistema político, se encuentran atrapados en una dinámica pervertida, que no está alineada con los intereses más generales de la sociedad.

Abril 07 de 2012


Sobre esta noticia

Autor:
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Fuente:
amanecersinaloa.com
Visitas:
228
Tipo:
Reportaje
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