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Relato de una enfermedad surgida en la Euro

30/06/2012 11:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageTenía 14 años. Tuvo que instalarse en secundaria para que por fin se le cumpliera el sueño de primaria: andar con la niña que le gustaba. Desde los nueve años deseó todas las noches escuchar un "sí" de su amor platónico. Fueron cinco años de timidez, nervios y miedos a llegarle, cinco años de silencio sobre lo que sentía. En ese 1996 ya no se aguantó y se la cantó. Con voz entrecortada y las manos empapadas de sudor le preguntó si quería ser su novia. "Sí, sí quiero", respondió ella. Él no se desmayó de milagro; un abrazo de su amada lo impidió.

Pero hubo un error. Cometió la imprudencia de confesarle su amor en plena Eurocopa. Si algo amaba él era el fútbol. Incluso por encima de la mujer de sus desvelos. No contempló los tiempos y se le juntaron las dos cosas. Las llamadas telefónicas típicas de la adolescencia afloraban, especialmente en ella: "Hola, ¿qué haces? ¿Piensas en mí? Cuelga tú, no mejor tú". Bla, bla, bla.

Ya como novios había que hacer lo que hacen los novios a esa edad: tomarse de la mano, besarse y lanzarse halagos mutuos. Para ello había que salir a una plaza, al centro del barrio o al cine. El problema fue que ella sí quiso salir y él no. "Oye, pero sabes que solamente puedo verte en la mañana", le reprochaba la chamaca. "Sí, pero tú sabes que quiero ver los partidos", reviraba él con sinceridad. La relación no duró nada; así como surgió se evaporó. La solución para muchos era que ambos vieran juntos el partido y después ya se daban tiempo para ellos. No, nada de eso. A él le gustaba ver a solas los juegos.

-Estás loco, estás enfermo. No sé cómo puedes preferir al fútbol que a mí. Además son equipos que no son la selección mexicana. Así no se va a poder y lo mejor es que cortemos.

El cortón no dolió en ese momento, pues tipos como Karel Poborsky, Zinedine Zidane, Davor Suker y Zvonimir Boban eran la mejor cura ante el rápido adiós. Eso sí, terminada la Eurocopa rápidamente se vio la herida y corrió hacia ella:"Perdóname, dame otra oportunidad". Ya no hubo otra oportunidad.

Pasaron los años y volvieron a encontrarse.

-¿Sigues igual de enfermo con el fútbol?

-No es enfermedad.

-Sí lo es. No entiendo cómo pueden llorar por ese jueguito. Me repugna ver cómo se alegran sintiéndose manada por un gol. Sufren y se divierten como si en verdad fuera algo importante.

Sin alegar ni discutir, él se despidió amablemente de la que fue su amada. "Estaba escrito, no nacimos el uno para el otro", se dijo. Ambos siguieron cada quien su camino hasta que un niño llegó a alterar el orden de las cosas.

En días pasados, ella le habló a él para decirle que le costaba trabajo entender a su hijo. Le preocupaba que el niño, de seis años, se convirtiera en un enfermo de este deporte: "Le encanta, le fascina y se la pasa jugando con sus primos. Cuando no juega se pone a ver partidos. No quiero que se enajene". Para hablar más al respecto se citaron en un café.

Mientras su hijo estaba triste en casa por la eliminación de Suecia en la presente Eurocopa (Zlatan Ibrahimovic es su ídolo), ella le preguntaba al que fuera su novio qué era el fútbol, le pedía algo para comprender y acercarse más a su hijo. A él solamente se le ocurrió leerle el siguiente fragmento del cuento Racing, una pasión inexplicable:

Hay pasiones inexplicables, ¿entiende?. Pasiones parecidas a la euforia, a la depresión, a la locura, a la alegría, al llanto y que están ligadas a los colores de una camiseta, por eso yo y todos los que sentimos así, sabemos lo que con orgullo padecemos. Algo que no se cura y que es simplemente eso, una pasión inexplicable.

Ella se conmovió y lloró. Él también desprendió unas lágrimas. Lloré, y lloré por la dicha de saber que no tengo cura, de comprobar que la bendita enfermedad de mi infancia me acompaña todavía. Ella y yo, los adolescentes que jugamos a ser novios, ahora jugamos a ser testigos de un nuevo enfermo incurable.


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Autor:
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Fuente:
elbuenfutbol.com
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Reportaje
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