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Relato del ídolo de barro

16/10/2011 15:44 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imageNo ocurrió ningún asalto. Periódicos, televisoras y radiodifusoras locales acordaron no decir la verdad sobre lo sucedido. Sabían que de hacerlo, y si aquél vivía para contarlo, perderían a la gallina de los huevos de oro. Manejaron que fue un robo con lujo de violencia y el ídolo había recibido dos piquetes por puro coraje de los asaltantes, de "unos desgraciados que merecen lo peor", según algunos diarios.

En ese momento, como nunca, había que proteger al ídolo. El Toro Manríquez era el jugador sensación. Consolidado como titular indiscutible y goleador implacable con el equipo del estado, el hombre se convirtió en una deidad. De forma unánime, aficionados del equipo, así como de otros clubes, lo consideraban el mejor futbolista mexicano. Recién se había ganado la convocatoria a la Selección Nacional y era la esperanza de millones.

Mujeres no le faltaban; un sinfín de faldas y prendas íntimas cayeron por obra y gracia de sus manos santas. Los niños soñaban con ser como él cuando crecieran, en el peor de los casos aspiraban a un autógrafo. Sin embargo, el Toro Manríquez también jugó sus propias cartas para aumentar todavía más su popularidad.

Por debajo de la mesa compró a la prensa. Por sugerencia de su representante entregaba buena cantidad de billetes para que ningún medio hablara mal de su persona. Por el contrario, hasta repartía obsequios costosos para que enaltecieran sus virtudes no sólo como jugador, sino como ser humano. Para eso recurrió al teatro de visitar asilos, orfanatos y comunidades con altos índices de marginación. Regalaba despensas, aparatos ortopédicos y materiales para construcción. Claro, esos regalos implicaban una exigencia al club: "Nos conviene a todos que me tengan en un pedestal. Así que páguenme más". Y el club, nada tonto, accedía.

Pero para Manríquez aquellos ancianos, niños sin padres y pobres campesinos en realidad le parecían "la mierda de la población". Así se los decía a reporteros, también beneficiados por su cartera, en las noches de tragos después de los partidos. "Esa pinche gente nomás ridiculiza al país. Si no pueden vivir bien, ¿para qué vinieron al mundo?". No obstante todos debían callar. Y por supuesto lo hacían, pues se les pagaba y muy bien.

Sin embargo, Manríquez no contaba con lo que le pasaría esa noche del supuesto asalto. Luego de visitar al médico y recibir la noticia de que tenía una enfermedad venérea se dirigió a la colonia aquella donde abundan las "güilas". Apenas se topó con La Alacrana y se le fue a los golpes. "¡Hija de perra! Por tu culpa mi verga está deshecha", le gritaba mientras la pateaba. Aunque el médico le precisó que su mal podía curarse con tratamiento (pomadas), Manríquez creyó que su miembro viril le sería inservible de por vida.

A punto estaba de darle una patada a la ya molida Alacrana cuando apareció El Caimán, padrote y primo lejano de la agraviada. Con un puñetazo seco a la nariz tumbó al Toro. Lo reconoció, pero no le importaba que fuera el ídolo de ídolos, tenía que cuidar su negocio. "Así seas el Papa me vale madre. Aquí no vas a venir a hacer mamadas", le sentenció el Caimán.

Con harta sangre en su rostro, producto de una nariz partida en cuatro, Manríquez se incorporó e intentó sacar una pistola que traía en la parte trasera del pantalón. Ni tiempo le dio el Caimán; dos puñaladas con un fierro oxidado encajaron en su vientre. El Caimán cargó a su representada y huyó del lugar. Los gritos de auxilio del Toro fueron en vano, ni un alma cerca del lugar.

Como pudo, tambaleándose en cada paso, Manríquez llegó al área de Urgencias de la clínica más cercana, un hospital con apariencia de tugurio ubicado a 10 cuadras. Al ingresar, enfermeras y personal lo reconocieron, así que de inmediato lo atendieron. El hombre ya parecía cadáver.

Al percatarse de sus pertenencias (pistola, dos grapas de cocaína, una liga y una jeringa), médicos discutieron entre ellos qué hacer. Optaron por lo inmediato: llamar a la policía. Por su parte, un elemento de la policía dio el pitazo a los medios, quienes de inmediato decidieron que la noticia sería la siguiente: "El Toro, víctima de la delincuencia".

Un día después, por la mañana, el Toro fue trasladado a un hospital de mayor nivel. Compañeros, reporteros y aficionados se dieron cita en el lugar para alentar al ídolo. Muchos de sus devotos donaron sangre. Entre ellos, y sin que el Toro ni nadie lo supiera, un niño. Ansioso por colaborar para salvarlo, el chamaco —rechazado por el hospital como donante por obvias razones— creyó que cortándose las venas saldría sangre suficiente para salvar a su ídolo. La cubeta que utilizó como recipiente efectivamente se llenó del líquido rojo, pero él quedó inerte, sin vida, a un costado de la cubeta. Ese niño era mi hijo.

Tuvo que morir mi angelito para que yo pueda decir la verdad. Pertenezco a uno de los comprados por Manríquez. Soy uno de los tantos que bebió y se drogó con él antes y después de cada partido. También formo parte de esos beneficiados con orgías. Mi vida ya no tiene sentido y por eso he escrito todo lo anterior.

Antes de partir, entregué a un amigo todas las evidencias (fotos, grabaciones, videos y documentos) que desenmascaran a ese ídolo de barro. En unos momentos se dará la información y la proporcionarán esos medios a los que no pudo comprar. Aunque no lo crean todavía hay gente leal a sus convicciones y a su profesión. No falta mucho para que se descubra la verdad.

Si el Toro No se muere por las puñaladas lo hará cuando se enteré de que su verdad salió a la luz. ¿Quién lo iba a decir? Juntos crecimos con su éxito y juntos nos iremos en su derrumbe.


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elbuenfutbol.com
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