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"La salud mental es un tema incómodo, si te digo que me hablan voces pensarás que estoy loco y me rechazarás"

25/01/2021 00:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"Mi problema viene desde la infancia, cuando pasé un episodio traumático vinculado a los abusos sexuales. Eso ya te desajusta tu biografía y tienes todas las papeletas para tener un problema de salud mental. A partir de ahí, a los 11 o 12 años empiezo a escuchar voces que siempre están diciéndome mensajes negativos, que incitan una falta de autoestima enorme; me decían que no servía para nada, que qué hacía aquí... y empiezo a tener pensamientos con tendencia a quitarme la vida". De esta forma tan clara como dura, José Luis Herrera relata un inicio de su vida que, por desgracia, "se repite en muchísimas personas".

Hoy en día hay muchos lugares y profesionales a los que acudir, pero "en la década de los 80 no había la misma información", lo que hace que este hombre que hoy tiene 49 años y ya está estable, dirija su vida por caminos nada recomendables. "Para huir de todo ese acoso y para dejar de ser una persona que no encaja dentro de la sociedad, entré en la rueda de fumar porros, consumir tóxicos... Y esto potencia todavía más esos despoblamientos , esas voces, esas pérdidas de la realidad".

En el año 2000, a los 29 años, José dice "basta" y se pone en manos de profesionales: "Acabo yendo al hospital y entro dentro del circuito de consultas de salud mental". Allí le ponen medicación, pero eso no evita que tenga continuas "recaídas", sobre todo en el trabajo. Era repartidor y conducía "desde las 06.00 hasta las 20.00 h" un camión de no más de 3.500 kilos. Pero la carretera y las pastillas eran "incompatibles", por lo que dejaba de vez en cuando el tratamiento y se iba "para abajo".

"Tendía a estar muy depresivo, en una espiral de tristeza absoluta y he sufrido la incomprensión desde el ámbito tanto familiar como de amistades". ¿El motivo? "Hay mucho prejuicio. Si yo te digo que me hablan voces pensarás que estoy loco y me rechazarás. La salud mental es un tema incómodo en sí, y si le añades problemas de voces, que he tenido 4 intentos de suicidio... ¿Cómo le cuentas tú eso a una persona? Te rechaza automáticamente". José admite que está "generalizando", pero que normalmente "la gente no quiere oír dramas y para eso hay profesionales que te escuchan". Fueron precisamente Salud Mental España y otras asociaciones a las que acudió las que le ayudaron a estabilizarse.

"Me han mostrado que no todo es lo que te dice tu psiquiatra, que hay muchas más herramientas. Deberían informarte porque nadie te dice que no eres la única persona que está sufriendo, que hay salida y que no es crónico". Hoy en día es él quien presta apoyo a quienes no saben cómo salir del pozo. Es voluntario y se siente "útil al aportar un granito de arena" a una sociedad que ya vivía "una pandemia de antes" y que tiene un grave problema: "La soledad, y no solo en las personas mayores; estamos creando un mundo de humanos sin humanidad".

Según su experiencia, también asegura que por la Covid-19 "hay personas que estaban bien y ahora están mal, que estaban mal y ahora están peor... y otras que ya no están porque no pudieron aguantar".

"Hace cuatro años que estoy perfecta. Me siento bien", admite nada más comenzar la charla telefónica con 20minutos Patricia, una mujer coraje que gracias al apoyo que tuvo de sus seres queridos consiguió superar la ansiedad generalizada que sufría, que incluso "derivó en agorafobia".

Ese problema comenzó "hace unos 10 u 11 años", cuando ella tenía 24-25, y lo detectó "rápido porque fue una sensación de que me iba a morir; es una sensación muy bestia". En ese momento, una ambulancia la trasladó al hospital y comenzó un tratamiento tras el que tuvo tres grandes recaídas, aunque nunca pensó en quitarse la vida: "Lo verbalizaba, pero no me lo planteaba; tiene que ser muy duro llegar a planteárselo".

Ella se puso en manos de profesionales, pero recalca que fue "el suport (apoyo, en catalán) de los amigos, de los familiares y de la pareja" la clave de su recuperación. "Los psicólogos me ayudaron a trabajar mi autoconcepto, mi autoestima y a gestionar una serie de síntomas que nadie puede gestionar por tí. Pero tener apoyo hace que puedas seguir con el proyecto de vida que tengas y poder llevarlo a término", matiza. Tanto es así que ahora es madre de un hijo, está casada, trabaja de monitora de tiempo libre y estudia Educación Infantil.

"Tengo ciclos en los que me siento más ansiosa, es verdad que he tenido algún ataque de pánico, pero llevo una vida normalizada". Además, esos leves bajones los tiene claramente identificados: "Te entra sensación de ansiedad, temblores, náuseas, pierdes el apetito...". Y asegura que la personalidad es clave en que se manifiesten: "En mi caso, se me ve muy tranquila pero lo llevo todo por dentro, soy más nerviosa; creo que fue eso lo que me llevó a tener ansiedad. El tema emocional hay que tratarlo y es importante la educación emocional".

En la actualidad, Patricia sigue con un tratamiento farmacológico, "una dosis mínima", pero ya hace tres años que dejó de necesitar la ayuda profesional. Cree "que un psicólogo nos puede venir a todos muy bien" porque "estamos en una sociedad en la que hay cosas mal vistas, como tener miedo, enfadarse, estar triste... no son tan aceptadas como la alegría. Estamos persiguiendo la felicidad eterna cuando en realidad la felicidad se malinterpreta: creemos que es una explosión de bienestar y realmente es una tranquilidad o paz", relata.

Además, ahora, con la actual pandemia del coronavirus asegura que ella no ha recaído "porque vivo en un pueblo bastante pequeño, tengo jardín y esto creo que me ha salvado. Lo he pensado muchas veces, si hubiera vivido en una ciudad, en un piso sin contacto con la naturaleza, creo que me hubiera afectado mucho". Asegura que con la crisis que acarrea "subyace el pensamiento laboral, económico... y todo eso ayuda a que la gente esté más nerviosa".

"Tuve una infancia feliz, hacía deportes en equipo y estaba con amigos...", recalca este joven de 23 años antes de empezar a contar su historia de superación. Andrés comenzó a sentirse "vacío" con "13 o 14 años": "Empiezo a tener un malestar, a sentirme triste, a sentir que molesto... Entonces, me alejo de mis amigos, acabo pasándome el día encerrado en la habitación y empiezo a autolesionarme como forma de mitigar el dolor", relata.

Su malestar era tan grande que, con solo 15 tocó fondo: "Estuve a punto de quitarme la vida, pero en el último momento, gracias a Dios, decidí no hacerlo; tuve la fuerza para seguir". Sin embargo, sus problemas continuaron. "A los 18 años dejo de autolesionarme pero empiezo a utilizar el alcohol como vía de escape. Estudiaba de tardes, paraba en una tienda, compraba una cerveza e iba a clase con el 'puntillo'". Una escapatoria aún menos visible que las cicatrices de las autolesiones que su madre descubrió un año después: "Me llevó al médico de cabecera, que me derivó de urgencia al psiquiatra, y este al psicólogo".

Ahí empezó un tratamiento farmacológico y psicológico que continúa: "Me están enseñando a gestionarme y a poder vivir mejor con mi trastorno. Mírame, yo con 15 años no me imaginaba que llegase a los 23. Andrés está consiguiendo salir del pozo gracias al apoyo de familiares, amigos y, sobre todo y para su sorpresa, de sus compañeros de trabajo: "Hablar ayuda mucho a la recuperación", asegura.

Estudia Derecho y Ade, y es recepcionista en una empresa en la que lleva tres años. Hace tan solo uno, con 22 años, sufrió una recaída y le dieron una baja de "6 meses", durante la cual su responsable le "presionó" para que le contara qué le pasaba: "Yo no quería porque siempre está el miedo de 'como lo sepan, te echan'. De hecho, mi entorno me empezaba a decir que al volver perdería el trabajo".

Pero, para su sorpresa, lo que hizo su responsable fue "informarse sobre el tema, en vez de juzgarme, habló con los compañeros de la empresa e hicieron que estuviera lo más a gusto posible". Un apoyo que sigue agradeciendo: "Si tengo un mal día, puedo decirle a mis compañeros que estoy mal y me ayudan; nos redistribuimos para que pueda seguir el ritmo".

En esa recaída, Andrés también tiró de las las redes sociales. "Tuiteaba que estaba mal en un perfil que tenía anónimo, pero que una amiga sabía que era mio y esa amiga me obligó a ir a Urgencias". El primer mes estuvo ingresado en un hospital de día, donde descubrió "que había más gente en mi misma situación. Se podía hablar sin tabúes y sin prejuicios, te escuchaban y no pasaba nada". Pero llegó la pandemia: "Sobre todo al principio los niveles de ansiedad los tenía por las nubes. Seguía de baja y me había acostumbrado a estar casi todo el día fuera de casa, de paseo, haciendo voluntariados... Hubo épocas mejores y peores, en las que decía 'decaigo' pero al final no".


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