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El Señor de los grandes milagros

25/11/2009 15:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Diariamente ocurren miles de milagros; algunos son vistos y otros pasan desapercibidos, dependiendo de la fe que tengas. Para que un milagro sea posible, es necesaria la fe. Sin fe no hay milagros, del mismo modo que los milagros sin fe no existen

La Biblia señala el principio del ministerio de Jesús con una serie de acontecimientos, incluyendo milagros con los cuales demostraba a sus discípulos la fuerza de la fe. En su evangelio, Mateo comienza narrando la primera serie de tres milagros, que serian el sello característico de autenticidad de las palabras del Mesías. En los tres relatos, Jesús se acerca a personas excluidas o marginadas, como un leproso, un pagano y una mujer enferma, para mostrar que la fuerza salvadora del reino no tiene fronteras.

En aquellos tiempos la lepra era una enfermedad que excluía de la vida social y religiosa a quien la tuviera. La Biblia cuenta este primer relato; cuando Jesús bajó de la ladera de la montaña, lo siguieron grandes multitudes. Un hombre que tenia lepra se le acercó y se arrodilló delante de él. Señor, si quieres puedes limpiarme, le dijo. Jesús extendió la mano y tocó al hombre. Si quiero, le dijo, ¡queda limpio! Y al instante, aquel hombre lleno de lepra, quedó sano. El segundo relato es más extenso y merece un reconocimiento especial, debido a que Jesús no era reconocido por su pueblo Judío. Este hombre pagano, servía al emperador Romano y debía ser una persona totalmente incrédula al ministerio de Jesús. Sin embargo no fue así. La Biblia narra; al entrar a Caparnaún, se le acercó un oficial Romano suplicándole; Señor, tengo en casa un criado paralítico que sufre terriblemente. Jesús le respondió; Yo iré a curarlo. El oficial romano contestó; Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y si le digo a uno de ellos; ve, el va; y a otro; ven, el viene; y a mi criado: haz esto, el lo hace. Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que lo seguían; Les aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande. Por eso les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas; allí llorarán y les rechinarán los dientes. Luego dijo al oficial romano; vete y que suceda según tu fe. Y en aquel momento el criado quedó sano. Otro ejemplo de fe lo simboliza una mujer que tenía doce años de estar enferma. La Biblia dice que tenia hemorragias desde ese tiempo y cuando vio a Jesús caminar entre la multitud, se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto. Pensaba; si al menos logro tocar su manto, quedaré sana. Jesús sintió que alguien le había tocado el manto y preguntó; ¿Quién me ha tocado? Fui yo, señor, dijo la mujer. Jesús le dijo; ¡animo, hija!, tu fe te ha salvado.

En los tres milagros, la fe es la esencia. La Biblia dice que un milagro es un hecho extraordinario que provoca asombro y admiración, y se atribuye siempre al poder de Dios de manera directa o indirecta. Otras palabras con las que la Biblia alude a la misma realidad son; prodigio, portento, maravilla, señal, signo. Pero lo milagros, dice, tienen una permanente relación con la fe. Por otro lado, la fe, según la Biblia, no consiste solo en aceptar una verdad religiosa de la que no tenemos experiencia sensible. La fe bíblica está íntimamente relacionada con la confianza. Tiene fe el que desconfía de sí mismo y se fía sin reservas de Dios. Dios se manifestó por medio de Isaías y dijo; si ustedes no creen en mí, no permanecerán firmes. El apóstol Pablo, por su parte, hace la recomendación; esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen. De hecho, no hay distinción. Jesús había dado una muestra en estos milagros, que para él todos eran iguales, lo mismo un leproso que un pagano, de modo que de la misma manera ofrecía la salvación a todo el mundo, sin distinción.

Los milagros son provocados por la fe. Sin fe no hay milagros. Los milagros existen todo el tiempo

Evidentemente existen los milagros. La fe produce los milagros. Algunas veces hemos sabido de uno, en ocasiones incluso, los hemos visto. Personalmente tuve la oportunidad de conocer de cerca uno de ellos. Sin embargo hay milagros que se dan diariamente y no los vemos. La falta de fe nos impide verlos. Incluso el nacimiento es un milagro. La salida del sol es un milagro. Los milagros ocurren a cada momento alrededor de nuestra vida, pero la falta de fe nos impide ver que los milagros están ante nuestros ojos.

La Biblia narra este suceso; Después de alimentar a más de 5000 gentes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se adelantaran al otro lado mientras él despedía a la multitud. Después de despedir a la gente, subió a la montaña para orar a solas. Al anochecer, estaba allí él solo, y la barca ya estaba bastante lejos de la tierra, zarandeada por las olas, porque el viento le era contrario. En la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el agua quedaron aterrados. ¡Es un fantasma!, gritaron de miedo. Pero Jesús les dijo enseguida. ¡Cálmense!, soy yo; no tengan miedo. Señor, si eres tu, mándame que vaya a ti sobre el agua, respondió Pedro. Ven, dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó; ¡Señor, sálvame! En seguida, Jesús le tendió la mano y, sujetándole, le reprendió; ¡Hombre de poca fe!, ¿Por qué dudaste?

Esta falta de fe nos impide producir un milagro; preferimos dejarlo pasar sin darnos cuenta de que existe, porque dudamos de nuestra propia fe. Todos los milagros ocurrieron porque esta gente tenía una fe ciega en Jesús. El oficial romano dejó constancia cuando quiso decirle que él era un hombre con autoridad, mientras la mujer enferma lo único que deseaba era poder tocarlo; y que paso con el leproso, que solo tuvo que pedirle de corazón que lo sanara. Los tres quisieron decirle; Señor en ti confiamos. Tú eres el todopoderoso.

Una sola palabra bastara para sanar a mi criado. Yo no soy digno de que entres en mí casa

Dejemos que nuestra fe sea como la de estos personajes; no dudemos aunque el viento este en nuestra contra… y seguramente veremos muchos milagros obrar en nuestra vida.


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