Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que De Sinaloa escriba una noticia?

Sinaloa: la subversión de una sociedad*

25/05/2013 13:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ronaldo González Valdés

En fecha reciente se suscitó en Sinaloa –desde Sinaloa– una curiosa noticia: la artista plástica Rosa María Robles tenía montada en el Museo de Arte de Sinaloa, en Culiacán, una exposición, a la que tituló Navajas , en la que se mostraban diversos objetos relacionados con hechos delictivos reales (ropa, cobijas, palos y otros artefactos) que decían, de manera figurada, acerca de una porción de nuestra vida, de una dimensión moralmente miserable de nuestra relación social cotidiana: aquella que no habla de florecitas-y-amores-míos ni del carácter recio, francote y esforzado de la gente del norte, sino de la manera en que nos lastimamos y aniquilamos los mexicanos y los sinaloenses.

La noticia cimbró a una buena parte de la sociedad convencional del estado, incluida, desde luego, su clase política. ¡Cómo es posible que el máximo recinto de las artes visuales en la entidad albergue una exposición dedicada a los temas de la violencia y el narcotráfico!, exclamaron airados más de tres conspicuos representantes de las buenas conciencias culiacanenses. De hecho, el balazo detonante de la primera nota aparecida en El Debate de Culiacán (20 de junio de 2007), rezaba: "Narcoexposición en el MASIN". Era de esperarse que los medios masivos de comunicación sesgaran la nota hacia el morbo y el amarillismo; de eso se trata en el mercado: de la ganancia, de lo-que-deja, del valor de cambio. Y lo-que-deja en este terreno, lo que se intercambia y se tasa en dinero igualador es el escándalo. Quizá esa sea otra forma de violencia, o mejor, una metaviolencia tan agresiva como la violencia a la que, según esto, denosta y se opone.

Fue una lástima que Rosy Robles se enganchara al principio con este discurso ruidoso y mórbido. No sólo los medios locales, sino un número significativo de nacionales ( Milenio , Reforma , La Jornada , Proceso , Televisa, algunas cadenas nacionales de radio) e internacionales ( Washington Post , La Opinión de Los Ángeles y Univisión, hasta donde me consta) publicaron y transmitieron notas y entrevistas referidas al asunto: Sinaloa violento y narco , exposición sobre el narco y la violencia en Sinaloa. Salvo los comentarios informados y puntuales de articulistas locales como Martín Amaral y Ernesto Diez-Martínez, por ese rumbo se fue todo, o casi todo, que no es lo mismo pero es igual.

Y ha sido de reconocerse, después, la inteligencia de la misma Rosy para montarse en esa ola inicial e insistir, ahora sí, en su propuesta artística (con todo y temática) para mover su exposición en una itinerancia que, presumiblemente, tocará lugares como Tijuana, Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México.

Más allá del núcleo legal del asunto, que se desactivó pronto, es mi convicción que lo que hizo la artista visual, lo que nos propuso con su obra, estuvo y está bien (quien esto escribe era, ¡por mera casualidad!, titular del área de cultura del gobierno de Sinaloa). Por el contrario, más que señalarla con índice flamígero, a Rosy se le debería tomar como ejemplo. Tendríamos que hacer algo parecido desde la literatura, las artes plásticas y escénicas, la antropología y la sociología, para ponernos como sociedad ante un espejo que nos devuelva nuestra imagen de cuerpo entero, la imagen de lo que hemos hecho y deshecho en los últimos años, la imagen contrastante (aunque no contrastada) de nuestra abigarrada y espesa realidad.

El desdichado lugar común se impone: si de violencia se habla, el caso de Sinaloa resulta paradigmático; pero también, hay que decirlo, Sinaloa se ha vuelto una suerte de estereotipo. Así ha ocurrido porque es cierto que esa violencia que desafía los códigos convencionales de actuación colectiva, destacadamente la que se desprende del narcotráfico, tiene su origen y despliegue en esta entidad. Y así ha ocurrido, de igual manera, porque, como sucedió con la exposición de la Robles, el tratamiento público y mediático del asunto, embozado tras la insoportable levedad de la numeralia oficial y la cruel chabacanería periodística y literaria (novelistas y cronistas incluidos) han alimentado una visión terriblemente ligera, y en el mejor de los casos apenas moralizante, del problema.

Bien vale la pena ir a la pesquisa, entonces, de algunas pistas para entender, desde un mirador más elevado, la violencia que en Sinaloa, paradigma y estereotipo nacional, hemos vivido y padecido durante la última media centuria.

Digamos, para empezar, que la sinaloense es una sociedad demediada, una sociedad que no ha alcanzado a cerrar los capítulos de su historia, o si se quiere decir más convencionalmente, que no ha logrado culminar sus procesos civilizatorios.

Más sobre

Sinaloa nació, como casi todo el Septentrión mexicano, a la intemperie espiritual. En la época prehispánica fue Aridoamérica y no Mesoamérica. La historia apresurada tomó desprevenida a la región, sin armas para incorporarse con algún decoro a su ancho torrente. Así ocurrió durante la Colonia, la Independencia, la Reforma y la Revolución. Los moradores de estas tierras no fueron protagonistas, más que marginalmente, de estos episodios decisivos de fundación y refundación nacional.

Y en el siglo veinte advinieron las significativas transformaciones que cambiaron drásticamente la fisonomía económica, social y hasta física del estado: sin duda, el Milagro Mexicano tuvo su correlato en el milagro agrícola sinaloense. De esto, y de la manera en que el narcotráfico contribuyó a interrumpir un nuevo ciclo civilizatorio, nos hemos ocupado en otros escritos varios autores sinaloenses. [1] Me abocaré, por lo mismo, a sugerir algunas ideas que intentan responder a preguntas como las siguientes: ¿en qué momento sobrevino la desagregación simbólica que propició el arraigo de una sui generis subcultura de la violencia en Sinaloa?, ¿qué pasó?, ¿cómo pasó?, ¿dónde se ubica el (uno de los) punto(s) de quiebre de su singular modernidad?

Ciertamente, como los estudios antes citados lo documentan, la peculiar modernidad sinaloense ha sobrepujado tendencias tradicionales en la economía y la política, lo mismo que en la relación social ordinaria. Sin embargo, en este sobrepujar ha habido mucho de paradójico: se ha tratado de una modernización dispareja, que ha avanzado en el terreno material convencional, pero que ha supuesto retrocesos en el ámbito de las representaciones, en esa dimensión simbólica de la vida, aunque de consecuencias muy prácticas, que es la moral.

Para avanzar por esta ruta, antes de anticipar conclusiones estrictamente especulativas e intuitivas, acaso sirva reseñar el rastreo cualitativo e intentar, con la información que funde biografía e historia y que la entrevista aporta, una trama narrativa que haga sentido a esta parte de nuestro recorrido histórico. Bien vale intentar el rastreo de los cambios generacionales en la subjetividad, en la percepción del entorno inmediato, la política y la cotidianidad de los comunes protagonistas de la vida regional en este trecho de tiempo.

Primera generación: la sólida autoridad

Empecemos con el rastreo de una primera generación, que va desde los setenta a los noventa años cumplidos de vida, y que sobre estos temas ha construido representaciones como las que siguen.

Con respecto a la ciudad, a la vida:

Culiacán [en los cuarenta-sesenta] era muy chica. La explosión demográfica que hubo aquí en el valle de Culiacán vino con la apertura de la presa Sanalona; se abrieron tierras al cultivo, mucha gente se vino en busca de trabajo, inclusive comerciantes. La vida entonces era muy pacífica, había pocos automóviles en las calles, había poca violencia y podías dormir en las banquetas de las casas en unos catres y no pasaba nada, cosa que ahora no puede ser.

En el Culiacán antiguo había centros sociales de todas las categorías: el Casino de Culiacán, el Atlético Humaya, el Tamazula, el Danubio Azul; había tardeadas, los bailes empezaban temprano, las tardeadas eran a mediodía y los bailes formales empezaban a las once y media de la noche, esa es la diferencia. Entonces no había violencia, podía salir a pie uno por toda la ciudad y sin preocupación.

Acerca de los gobernantes:

Para la gente común y corriente, ver a un presidente de la República era una cosa inaudita y que causaba gran conmoción, igualmente los gobernantes tenían una presencia que impactaba. Ahora con la televisión los ve uno más seguido, con la radio los oye uno más seguido también. Se ha perdido un poco la admiración que antes se tenía y esto no es malo, pues yo considero que los gobernantes deben de verse, de tratarse como una persona más, ciertamente que representan las leyes de este país y por esa razón uno debe respetarlos. (Entrevista con el señor Emilio Gastélum Angulo, agricultor de setenta años, octubre de 1999.)

Y el recuerdo de algunos gobernadores del estado:

De los gobernadores en el que más vi su preocupación por Sinaloa fue en Alfonso G. Calderón (1974-1980), que siendo de extracción obrera hizo bastantes obras por Sinaloa, y sobre todo supo tener el poder en la mano, delegar responsabilidades y trabajar como un hombre de bien que le dejó a Sinaloa una estabilidad económica y social. Fue en aquellos tiempos que entró el narcotráfico que se tuvo que ver con mano de hierro.

LEER ENSAYO COMPLETO


Sobre esta noticia

Autor:
De Sinaloa (2843 noticias)
Fuente:
amanecersinaloa.com
Visitas:
378
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.