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Sismos y "gatopardismo" a la mexicana

03/04/2011 11:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Luego del terremoto que sacudió a Japón el 11 de marzo, pero también en recuerdo del sismo del 4 de abril de 2010, que pusiera en jaque a Mexicali y su Valle, en México ya deberíamos tener puesto el huarache, antes de espinarnos.

Luego del terremoto que sacudió a Japón el pasado 11 de marzo, pero también en recuerdo del sismo del 4 de abril de 2010, que pusiera en jaque a Mexicali y su Valle, los gobiernos de México en sus diferentes niveles, pero también sus 112 millones de habitantes, ya deberíamos tener puesto el huarache, antes de espinarnos, vía la aplicación de una revisión total, a fondo, minuciosa en extremo, sobre la normatividad mexicana en materia de prevención de desastres naturales y control de daños.

Pese a que ha habido avances, con base en la idiosincrasia del mexicano promedio, suena lógico pensar que ni habitantes ni gobernantes han puesto suficiente atención ante advertencias como la del terremoto de 1985, que dejó miles de muertos en la capital del país o el terremoto que cimbró a Baja California, la tarde del domingo 4 de abril del 2010, de ahí que lo ocurrido en Japón, ahora sí, tendría que servir como un nuevo preaviso, quizás el último, a sabiendas de que, si a una sociedad tan preparada como la de esa nación oriental, le ha ido como en feria, de darse en México un evento sísmico con esas características, por acá las cosas estarían del cocol.

Dado que en México se privilegia la política del gatopardismo, la experiencia del terremoto del 4 de abril del 2010 y sus devastadoras ondas sísmicas que afectaron principalmente a la infraestructura habitacional y agrícola del Valle de Mexicali, no pueden echarse en saco roto, mediante la mañosa estrategia de hacer que en BC todo cambie para que la población siga igual de expuesta, pues a un año del terremoto de 7.2 grados, aunque ha habido avances en materia de sismología y protección civil, todavía falta mucho por hacer en lo que a la prevención se refiere y ni que decir de las labores de reconstrucción, marcadas por el tortuguismo.

Vamos, que para demostrar que en México se apoya la prevención y que las cosas no se hacen al ahí se va, en el Congreso de Baja California recientemente se aprobó un punto de acuerdo que declara a abril como el mes de la "Protección Civil", cuando de sobra está decir que la seguridad de la población y de los bienes de ésta, no pueden protegerse a punta de decretos, por muy bien intencionados que sean los autores de tales iniciativas, si estas propuestas no van acompañadas de un plan integral que busque resolver el fondo del problema y no solamente administrarlo.

Hoy, a prácticamente un año del terremoto que remeciera el estado de ánimo y la vida de los cachanillas, en la agenda de los funcionarios públicos encargados de velar por el bienestar de la sociedad bajacaliforniana, trabajo por el que cobran y cobran muy bien, ya tendrá que haber un plan de acción y difusión, preventivo y reactivo, relacionado con el otorgamiento de los servicios básicos y de respuesta inmediata para atender a la población damnificada en casos de desastre, por ejemplo.

En el sismo de 1985, que colapsó al Distrito Federal, la inacción de la Presidencia de la República fue tal, que en vez de servir de apoyo para la población en desgracia, la administración de Miguel de la Madrid se convirtió en un pesado lastre para la sociedad en su conjunto y en 2010, cuando ocurrió el terremoto de Mexicali, se dio exactamente el mismo esquema de inoperancia oficialista: las autoridades federales, estatales y municipales se vieron rebasadas por la magnitud del desastre, situación que hoy niegan con un cinismo tan grande como el movimiento telúrico de ese día.

Lo que ocurre en Fukushima, Japón, que tiene visos de apocalipsis atómico, debiera servir para que funcionarios y ciudadanos, los de todo México, en lo general y los de Baja California, en lo específico, se pongan las pilas en torno a un plan anti desastres calculado para superar los escollos del tradicional "gatopardismo a la mexicana", ese al que somos tan proclives, pues a un casi año de ese terremoto que milagrosamente no hizo polvo a Mexicali, hay muchas cosas que han cambiado en nuestra entidad, para bien de los ciudadanos, pero en otras tantas se percibe indolencia e inmovilismo.

A favor de México corre la existencia de solamente una planta de energía nuclear, ubicada en Laguna Verde, Veracruz, pero tenemos en contra la pesadez de la estructura gubernamental, esa que en Baja California no supo orquestar una eficiente reconstrucción de la red carretera e hidráulica del Valle de Mexicali, porque las sapientes autoridades ahora ya ni siquiera aplican eso de "ahogado el niño, a tapar el pozo", por más "políticamente incorrecto" que eso parezca.

En la agenda de Felipe Calderón, vale destacar, ya tendría que estar la Nucleoeléctrica de Laguna Verde, Veracruz, punto neurálgico para la seguridad del país que debe ser estudiado con lupa, pues difícilmente ha de haber escapado a la corrupción que impera en la administración pública, esa que el gobierno no ha sabido combatir, con efectos potencialmente catastróficos para la población y es que si ese monstruo de mil cabezas que es la corrupción, tentó a los japoneses en Fukushima, la Nucleoeléctrica de la CFE difícilmente será la excepción.

Así las cosas, mientras que a nivel nacional, Laguna Verde es motivo de grave preocupación entre legisladores federales, de cara a lo ocurrido en la central atómica de Japón, en el entorno cercano de los bajacalifornianos, las luces rojas se encuentran encendidas sobre Tijuana, Rosarito y Ensenada, sobre todo en la primera ciudad, que por los alcances del caos urbanístico que la envuelve, está clasificada por los expertos del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada, CICESE, como una zona extremadamente indefensa ante eventuales terremotos de entre 6 y 6.5 e incluso de siete grados.

Al cumplirse el primer aniversario del movimiento telúrico que remeció a la sociedad mexicalense, lo deseable es que las cosas cambien para no quedarse igual que antes del cuatro de abril del 2010, cuando la tierra tronó y tomó desprevenidos a ciudadanos y gobernantes, donde los segundos exhibieron su miopía sociológica y política frente a una sociedad incomunicada, golpeada por las consecuencias del sismo, pero también por la inacción de funcionarios federales, estatales y municipales, los protagonistas lentos de una película llamada Terremoto.

Fotos: Autor Anónimo.


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Autor:
Roberto Díaz Ramírez (122 noticias)
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Opinión
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