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El sueño del niño y el plato de lentejas…

28/11/2011 23:13 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Fernando Marcos con el España, ganador tantas veces...

Su infancia, lo contó más de una vez, se sostuvo gracias a la ilusión de cumplir cualquiera de sus dos grandes sueños: o ser pelotero del México o ser futbolista del Club España. Era Fernando Marcos.

La vida le planteó rápido un destino invertido, pues siendo todavía un niño logró jugar para el México, pero no el de béisbol, sino el de fútbol. Ni hablar.

Todavía sin rebasar la niñez, deambuló por los extensísimos llanos capitalinos. La Ciudad de México, allá por los 20′s del siglo pasado, no tenía nada después del Bosque de Chapultepec al poniente, la glorieta de Peralvillo al norte, la antigua estación de trenes de San Lázaro al oriente y muy poca construcción hacia al sur, apenas por donde hoy se encuentra la estación del Metro San Antonio Abad. Todo lo demás era pampa. Comenzaban a construirse las colonias Juárez y Cuauhtémoc, la Roma existía a la mitad, ni soñar con la Narvarte, Álamos, Del Valle y Condesa, y se podía viajar por Calzada de Tlalpan sin encontrar nada a los costados. Puro campo para jugar. Ahí se crió.

Un buen día llegó al Germania, el equipo de los alemanes, aún sin rebasar siquiera los 15 años. Jugaba, claro está, con los infantiles. De ahí surgieron anécdotas eternas como la del Chicorro, un presunto ‘infantil’ del Asturias que al finalizar los partidos se iba caminando de la mano con su esposa o tal vez amante.

Ahí, en el Germania, hizo un juramento junto con sus 11 compañeros de las juveniles (sólo eran 12 jugadores): o llegaban todos juntos a primera división, o no llegaba ninguno. Así, sin alteraciones en el grupo, se mantuvieron por un par de temporadas, pero pronto la vida le pondría un reto único.

El joven Marcos pitaba, como árbitro entre oficial e improvisado, un partido en el parque Asturias a las 8 de la mañana, y a las 10 jugaba el primer equipo del Germania, donde jamás había actuado. Al entrar al vestidor notó que les faltaba un jugador, por lo que comenzó a pasearse delante de Piero Cattori, entrenador suizo, para ver si se fijaba en él.

Se acercaba el momento del partido y no había de otra, o el DT incluía a un novato que no rebasaba los 16 años, o jugaban con diez. Optaron por alinearlo.

A loa 15 minutos, el Chileno Barra García le puso un centro que no pedía otra cosa sino ser rematado a gol. Marcos la agarró de volea y sacó un cañonazo que no coincidía con su edad. La pelota pasó a centímetros de la cabeza de un tal portero Müller, al que le faltaba una oreja. ‘Por poco le arranco la otra’, decía Don Fernando. Minutos más tarde, ahora a pase de Ricardo Navarro Alegrías, Marcos empalmó otro balón que, ahora sí, fue a parar primero en la boca de Müller y luego a la red. Tardaron otro tanto en revivir al Alemán.

Cuando salió del campo no recibió ninguna felicitación. Se encontró, en cambio, con Baltasar Junco, directivo del España, quien le ofreció en ese momento jugar con ellos el siguiente encuentro. Aceptó.

Al domingo siguiente España, ya con Marcos, venció al América con otro par de goles suyos. Baltasar Junco le regaló 25 pesos. Para darnos una idea de la cantidad de dinero, como relataba el propio Fernando Marcos, ‘con 50 centavos de domingo que recibía de mi padre compraba dos tortas, dos tacos, un litro de leche, entraba a la segunda función del cine San Rafael, compraba cacahuates y todavía me restaba dinero hasta el siguiente domingo’.

Lo invitaron a un partido más, tercero y último de clasificación para el España en su regreso a la máxima división. Él, por supuesto, volvió a aceptar.

Pero el sábado, un día antes del juego, Salvador Camino Díaz, campeón nacional de salto triple, le enseñaba a saltar, supuestamente para mejorar su técnica. El joven lo hizo tan bien que el campeón le comentó que había roto uno de sus récords. La mala noticia fue que, tras un mal salto, sufrió un esguince que le dejó el tobillo del tamaño de una sandía.

No podía perderse el partido, así que recurrió a un famoso ungüento especial para caballo -que no sirvió de mucho- y se vendó tanto el pie que debió cortar su zapato para poder usarlo. Corrió todo el partido con la punta del pie, le pegó al balón con su pierna sana y logró que su lesión pasara desapercibida. Su actuación tampoco fue notoria, pues simplemente cumplió y fue parte de la victoria del España.

Tras el juego, Don Baltasar Junco le ofreció firmar registro para ser oficialmente parte del plantel, pero fiel a su juramento, declinó. ‘Pertenezco al Germania y no tengo intenciones de cambiar de club’, le respondió. El chico estaba convencido, cumpliría su palabra, seguiría con sus compañeros, y no se quitaría la camisa del Germania, a la que le había tomado un cariño único.

Al llegar a casa su papá le preguntó por qué no quería jugar con el gran club albinegro. No mintió. ‘En eso quedamos con los muchachos, o llegamos todos juntos o nos quedamos donde estamos’. El papá, furioso, comenzó a gritar, ‘pues vas’, y Fernando se mantenía en el ‘no voy’. Se hicieron de palabras, subieron el tono, y todo terminó cuando el plato de lentejas que comía su padre le pasó volando a un milímetro de la cabeza. ‘Que sí vas porque te lo ordeno yo’. Y se fue al España…

Así, gracias a un plato de lentejas, Don Fernando Marcos cumplió el sueño de su infancia. Claro que para ese entonces, ya no lo era tanto…


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elbuenfutbol.com
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