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Tolerancia cero

09/12/2014 12:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

imagePor Luis David Niño Segura

No es que quiera desprestigiar a las personas pero confieso que detesto estar rodeado de gente. No es la incomodidad de los rostros feos o los malos olores. Yo no soy un Adonis, pero me desespera la estupidez de las personas.

Para un humilde servidor, el conocimiento -conseguirlo- me ha costado sudor y aún y con todo el esfuerzo que he realizado sigo siendo un estúpido ignorante en muchas cosas. La vida no ha sido fácil ni mucho menos agradable. La primera vez que entendí que mi coeficiente intelectual no pasaría del promedio fue cuando batallaba lo mismo que mis compañeros de clase en aprenderme las tablas de multiplicar. ¡Mierda! Jamás pude vencer la tabla del 7 o la del 9. Aun y con los regaños de mi madre que se la pasaba jalándome las orejas cada vez que me equivocaba.

Sin embargo, aprendí a usar los dedos de las manos y de los pies sin que ella lo notara. Para poder multiplicar, en mi método falible, el error que tenía que vencer era la lentitud, si tardaba unos cuantos segundos en contestar, mi amorosa madre atizaba un reverendo manotazo en mi nuca y tenía que empezar a recitar las tablas de multiplicar de nuevo. Después vinieron los malditos quebrados. En mi vida los he usado, jamás he empleado los quebrados para ir al supermercado o acudir al banco. Pero en fin, así fue como supe que sería uno más del montón. Pero también descubrí que no me gustaba estar rodeado de gente más estúpida que yo, con mi persona es suficiente.

Estuve pensando todo esto debido a que mi vecino me tiene fastidiado con su música. Defeño como muchos en México, pone a todo volumen la bachata, la salsa y la cumbia. Imbécil, ni siquiera sabe el origen de esa música y él, en su idiotez, no se conforma con tan solo poner la música a todo volumen, sino además, de pasársela cantando a todo pulmón. Como si su voz fuera tan armoniosa.

Con los decibelios a tan alta intensidad, es imposible leer, aunque me he acostumbrado a realizarlo; así, bajo el ritmo de Chicoché, pude leer Los minutos negros, novela de Martín Solares. Pero no todos los días tengo el mismo éxito. Uno de mis mejores amigos, cuando le comenté lo odioso que es soportar la música de mi vecino, me preguntó si odiaba a la gente. No supe qué contestarle, pero me quedé pensando por un largo rato. No sé si odio a la gente, no creo hacerlo, me parece que no es así. De lo contrario incluso no hablaría con mi familia. Pero recordé la frase que dice Mickey Rourke cuando interpreta a Henry Chinasky en Barfly; no odio a la gente pero me siento mejor cuando no están alrededor.

Definitivamente resulta mucho mejor no estar rodeado de gente. No me gusta estar escuchando las pláticas triviales que por lo regular uno encuentra en la calle. Conozco personas que se enfadan cuando escuchan a la gente común y corriente hablar sin razones ni motivos sobre algún tema controversial. Para ejemplo basta ver la realidad del país. Los soñadores y revolucionarios de café se la pasan criticando, intentando cambiar el mundo desde un escritorio. Publican, investigan, participan en foros y se convierten en pequeños soldados de las ideas, cuando se topan a una persona que definitivamente no sabe nada de un tema en específico, lo atacan, lo dejan en el piso y de pendejo no lo bajan. Es respetable esa posición, pero nefasta.

El gran escritor Salazar Mallén era el claro ejemplo de la rebeldía. Concuerdo con Fadanelli al decir que si existe una figura realmente revolucionaria en la literatura mexicana, esa figura, definitivamente es Salazar Mallén. Así deberían ser bastantes escritores, académicos e investigadores que conozco. Tomar esa postura rebelde no solo con la pluma sino además con la actitud. Esa actitud (por no decir huevos) que a muchos les falta pero que sí tienen detrás de una pluma o un escritorio.

No odio a la gente repito, pero es así como dice Chinaski, me siento mejor cuando no están alrededor. Creo que eso es lo que Olveira denominó tolerancia indiferente en las líneas de La fragilidad del campamento, puede ser, en resumidas cuentas, como lo dice el escritor defeño, que simplemente soy un intolerante, de ser cierto, el mote no me incomoda. Quizá sí lo soy, soy intolerante con la mayoría de las personas, con esas mismas personas que se la pasan criticando, observando, solo para eso, para apuntar sus "filosas" (eso ellos creen y en ocasiones patéticas) críticas hacia los defectos más mínimos de la vida. Qué más da si el mundo se va por el cagadero del universo, la mierda ha sido mierda desde que el hombre piso el mundo y por más que la sigamos limpiando la mierda seguirá saliendo.

El pobre no solo ha sido pobre siempre, sino que cada vez está más jodido. Las guerras no solo han existido sino que se han perfeccionado y la muerte, esa siempre nos ha acompañado. Así podemos seguir hablando de la vida misma como un trapo mediocre con el que limpiamos el escusado. Los académicos siguen siendo académicos, siguen viviendo en su burbuja de ideas por más que se crean revolucionarios tomando las calles. Los políticos siguen siendo eso, simples sanguijuelas chupaerarios. Y mientras, la gente, los de a pie, la raza, la plebada, los proles... seguimos jodidos, seguimos levantándonos temprano, trabajando 24/7 como dirían los gringos, solo para tener un sepelio decente.

Estoy terminando el escrito, me despido, mientras saludo a Damián, un niño de siete años que trabaja de mesero en la cocina económica de su madre. Platico con él y sé que su equipo favorito es el Pumas de la UNAM. Le regalo 10 pesos de propina mientras le digo que en la vida, a él, le irá bien. Recuerdo a mi padre que desde la misma edad que Damián empezó a trabajar como chalán de mecánico y de desponcha bicis en una vulcanizadora.

Al menos sé que Damián, al igual que mi padre, ya sabe muchas cosas que un académico de la UNAM ?his fvorite team- o cualquier otra universidad, aprendió estudiando dos maestrías, una en sociología y otra en historia, y dos doctorados, uno en economía y otro en derecho internacional público. Aprendió que la vida es una mierda, que los vecinos se olvidan de los problemas escuchando bachata y salsa, que los jodidos empezamos a trabajar desde los siete años, que el pobre tiene que chingarle un veinte -como diría mi madre- para comer huevo y frijoles y saber que la gasolina sube unos centavitos cada mes y por eso mejor usa bicicleta para ir al trabajo; que el rico tiene que explotar laboralmente a su personal para seguir conservando su status y que el político... bueno ese, ese sigue al igual que el académico, en su nube de sueños viendo por sus intereses, mientras que aquél viendo por sus publicaciones.

Definitivamente la vida parece mejor cuando la gente no está alrededor ... Esta vida es igual que un libro, cada día es un día vivido... no tratemos de correr antes de andar, esta noche estamos vivos, solo es-te-mo-men-to-es-re-a-lidaaaaaaad... definitivamente que feo canta el vecino.

[email protected]

Tw.@ld_nio


Sobre esta noticia

Autor:
Cronicasrevista (4993 noticias)
Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
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