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Es tradición de Día de Muertos muestra de la riqueza de México

31/10/2011 11:22 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Con antecedentes en el culto a los muertos de las culturas prehispánicas, y resultado de su mezcla con elementos europeos, las tradiciones del Día de Muertos son ricas en colores, sabores y aromas de México. En una época en la que la celebración del “Halloween” estadounidense pareciera permear muchas de las culturas del mundo, las festividades de los fieles difuntos hacen recordar que en el país desde hace siglos, tradiciones que persisten hasta la actualidad, se realizan en distintos puntos de la geografía nacional. Desde las actividades en San Andrés Mixquic, hasta la celebración de Día de Muertos en Janitzio, refirió en un comunicado el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Recordó que para los aztecas, el culto a los muertos era en sí mismo una celebración de la vida; se trataba de sentir cerca de cada uno a sus seres queridos. Al carecer de las connotaciones propias del catolicismo, para los antepasados mexicanos, el lugar al que iban las almas de los difuntos dependía no de la forma en que se habían comportado en vida, sino de la forma en que habían muerto. Así, el Tlalocan (paraíso del dios de la Lluvia) lo habitaban aquellos cuyo deceso se relacionaba de algún modo con el agua: ahogados o por enfermedades como gota e hidropesía, niños sacrificados a Tláloc o muertos por un rayo, durante una tormenta. El Omeyacan (paraíso del Sol) era el destino de quienes morían en combate, prisioneros que eran sacrificados y mujeres al dar a luz. Al Chichihuacuauhco iban los niños y se trataba de un paraíso en el que existía un árbol de cuyas ramas brotaba leche. Para todos aquellos que perecían de muerte natural, estaba el Mictlán, pero llegar ahí no era sencillo y para ello necesitaban la ayuda de un perrito que los guiara al cruzar el río que los separaba de la tierra de los muertos, región del frío que en el mundo nahua se ubicaba al norte. De la época prehispánica proviene la costumbre de realizar ofrendas que incluían objetos del agrado del difunto y habían sido utilizados por él, como vasijas, caracoles o adornos de obsidiana, refirió el Conaculta. Eran comunes también los tzompantli, hileras de cráneos ensartados mediante perforaciones en los parietales, restos que pertenecían a los sacrificados para satisfacer a los dioses (muerte que era considerada un honor). Con la llegada de los españoles, el festejo a los muertos en México se comenzó a realizar los días 1 y 2 de noviembre, como resultado de las costumbres católicas de esas fechas en que se solía realizar misas, votos, donativos, oraciones y responsorios por las almas de los fieles difuntos. También se acostumbraba visitar el camposanto con flores, veladoras y comida que se consumía “en compañía de las almas” de los seres queridos. Al transcurrir los siglos, el carácter ritual y solemne del culto a los muertos fue adquiriendo un tono festivo e incluso burlesco, en el que se agregaron elementos, como las calaveritas de azúcar, el papel picado, pan de muerto, diversos dulces típicos e incluso la costumbre de escribir ingeniosos versos alusivos a la muerte de personajes conocidos que aún viven. La costumbre inicial de “pedir calaverita” que en estas fechas hacían los niños, poco tenía que ver con el “trick or treat” del “Halloween”; antes se acostumbraba rezar previo a la entrega de fruta o pan de muerto. Era en ese momento que se compartían los elementos de la ofrenda. Sobre las ofrendas de muertos, sus componentes más representativos son el mantel blanco como símbolo de la pureza y alegría, y el agua para que los difuntos sacien su sed, aunque también se suele preparar aguas de sabores. Están también cirios y veladoras para que las almas de los muertos encuentren su destino, y que al colocarlas en forma de cruz se representa también los cuatro puntos cardinales, con lo que se entrelazan las tradiciones católica y prehispánica. Otros elementos comunes son fruta (caña, naranja, mandarina, guayaba), la cual se repartía entre los niños que llegaban a “pedir su calaverita” el 2 de noviembre, así como el papel picado colorido, trabajo artesanal que simboliza el viento y añade un ambiente festivo a la ofrenda. Asimismo, comida, en particular, los platillos que le gustaban al difunto, que en general es típica mexicana, como arroz, mole, tamales o frijoles. Se incluyen también calaveras de azúcar, que son réplicas de cráneos humanos, comunmente decoradas con varios colores y un papel con el nombre del ser querido. También se pueden hacer de amaranto y chocolate. Otros elementos que se encuentran en los altares son la tierra o ceniza, símbolo de la condición mortal e influencia del catolicismo; pan de muerto preparado especialmente para esta temporada, así como copal e incienso, el aroma guía a las almas hacia la ofrenda. Igualmente dulces típicos, como el de calabaza, camote y guayaba, lo mismo que “alegrías”; bebidas alcohólicas (tequila, pulque, mezcal) y cigarros. Sal como elemento de purificación y ayuda a que el cuerpo no se corrompa en su viaje. No debe faltar la flor de cempasúchil. El Conaculta recordó que desde el 7 de noviembre de 2003, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) distinguió a la festividad de Día de Muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Lo anterior, al destacarla como "una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México y del mundo, y como una de las expresiones culturales más antiguas y de mayor fuerza entre los grupos indígenas del país".

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