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Un satelite en la noche

29/05/2009 19:22 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

En ocasiones me repito a mi mismo: ¡Allá va el satélite! y en éste el espíritu de mi padre

En aquel campo cubierto de mezquites, yucatecos, eucaliptos y guamúchiles, la vida era la mayor de las veces monótona y sombría. No había mucho que hacer. Generalmente por las mañanas se miraba pasar por la calle o por los bordos de los canales, a los jornaleros que acompañaban a los ejidatarios que se aprestaban a trabajar sus parcelas. Uno sabía que esa escena no se volvería a repetir hasta ya entrada la tarde, cuando estos con taspana al hombro y machete en la cintura, regresaban sudorosos y cansados, con el deseo de recostarse en la hamaca o en los catres que se colocaban bajo la sombra de los árboles. ¡Que tiempos aquellos!.Recuerdo a mi padre y a mi hermano mayor cuando, después de esas jornadas, se sentaban en las cercanías de la hornilla en espera que se cocieran las primeras tortillas para, acompañadas con un plato de frijol y queso, degustarlas tranquilamente y despacio cobijados por las sombras de la noche.

En el interior de la vivienda construida, en parte, de adobe y con ladrillo, y en otra con horconces que soportaban un techo de tierra, alumbraba una chachimba o alguna lámpara alimentada con petróleo. Se olía a distancia el combustible quemado y se observaban los hilillos de humo que invadían esos espacios. Pero se era feliz, aún con todas las necesidades y carencias.

Recuerdo, lo tengo muy presente, cuando en la noche nos poníamos a observar el cielo para ver las estrellas fugaces ó a las luciérnagas expandiendo sus halos de luz. Sin embargo, había algo que me nombraba mucho la atención: el paso de los satélites que se identicaban como un punto de luz recorriendo una órbita, allá en lo alto, frío y profundo del espacio. Era a fines de los cincuenta y principio de los sesenta. Mi padre repetía con frecuencia que los rusos y los estadounidenses querían a toda costa adueñarse de esos lugares, los primeros con los Spuniks y los segundos con los Explorer. Cuando una lucecilla cruzaba sobre el firmamento, ese era motivo suficiente para que nos ilustrara con sus conocimientos acerca de la perrita Laika y Yuri Gagarín que en esos tiempos habían dado la vuelta a la Tierra en naves que por primera vez invadían el espacio exterior.

Hoy por las noches suelo salir al patio para mirar el cielo..

Niño, aún, no entendía muchas cosas que nos quería transmitir, pero lo que si era cierto es que nos despertaba el interés por el hombre y sus conquistas.

Era un hombre de bien que nos atrapaba con sus relatos, entre ellos a mi madre que también se daba su tiempo para dejar de zurcir las camisas y los pantalones rotos, o de tortear las manos al hacer las tortillas para dar de comer a cinco niños que ya formábamos esta familia; después se sumarían seis más, entre ellos una adoptiva.

Desde entonces, ahora ya grande y con el pelo entrecano, por las noches suelo salir al patio para mirar el cielo, y observo cosas que jamás pensé verlas. Identifico las constelaciones, tengo la oportunidad de escudriñar la Luna y pensar en la longevidad de los planetas y las estrellas y, sobre todo, he aprendido que finalmente los seres humanos somos una microsemilla que alguien sembró en esta vastedad, de tal forma que no somos nada.

En ocasiones cuando miro algún satélite recuerdo a mi progenitor y me repito a mi mismo: ¡Allá va el satélite! y en éste el espíritu de mi padre. Y en realidad lo siento, lo percibo atrapado en los remolinosdel éter.


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Cuauhtemoc Mavita E. (70 noticias)
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Edna (21/09/2009)

Escribe muy bien, me encanto su narraciòn.