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Vida mafiosa

05/01/2015 15:28 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Por Luis David Niño Segura

Carlo estaba sentado sobre la hielera. Recargaba ligeramente la cabeza en la pared de tal suerte que podía seguir viendo hacia el frente. De su cintura se alcanzaba a ver su beretta chapeada en oro. En la rodilla derecha tenía su tejana. La usaba ladeada al igual que su padre, quien falleció cuando un federal de caminos le atravesó una bala carretera a Bermejillo. Carlo miraba detenidamente a su compadre Daniel Avendaño.

Tomó la botella de sotol y le pegó un beso hasta que sintió el líquido quemar su garganta. Hacía tiempo que no se juntaba con los amigos, pero esa ocasión traía una espina clavada. La Viviana le había quebrado el orgullo. Se metió con un federal y lo había denunciado. Las mujeres le habían traído puros problemas, pero no disfrutaba nada más que la piel de una morena pegada a la suya. Pero la Viviana le hizo sentir lo que desde hace tiempo perdió. Era una mujer hecha y derecha. Le encantaban sus piernas y sus nalgas, entre más pensaba en ella, más hondo le daba el trago al sotol.

De fondo estaba un corrido de Chalino Sánchez, mientras Carlo escuchaba los versos, reflexionaba sobre todo lo que había pasado en su vida para llegar ahí, a estar sentado frente a su compadre Avendaño que en la loquera empezó a jalar el gatillo de su cuerno de chivo y tirar balazos al aire.

Su padre quiso que fuera militar, pero jamás entendió y se metió en la mafia. Dejó la escuela y tomó las armas. Tenía un odio irracional por el gobierno. Su madre jamás le perdonó que siguiera los pasos de don Carlo Garza Treviño. Mientras miraba la botella de sotol recordaba a su abuelo. El viejo que llegó a Torreón para trabajar en la cervecería modelo construyendo toneles para vino. La técnica alemana que el bisabuelo les había enseñado en Parras les dejaba puestos de peones bien pagados. Ya no recuerda cuándo fue la última vez que visitó al viejo de don Antonio. Él, Carlo, ya no podía entrar a la colonia San Joaquín, estaba fichado por el narcotráfico y si ponía un pie ahí o en cualquier colonia aledaña, no saldría vivo.

Miraba la botella de sotol de Canutillo, él sabía preparar la bebida, su abuelo se lo enseñó. Alcohol para hombres le dijo, cuando él tenía diez años y acompañó a su abuelo al rancho. No muchos le entraban al sotol. Ni la charanda michoacana ni la bacanora sonorense eran tan fuertes como el sotol. Miraba la botella y pensaba en su abuelo, en su padre muerto acribillado y en la Viviana, el motivo de que él estuviera sentado sobre una hielera.

Viviana, la mujer que lo había sentenciado a muerte al hablar con la federal. Quizá esa era su última ocasión vivo, mañana lo estarían buscando y si lo pescaban no lo detendrían, lo matarían, esa era la orden. No lo querían vivo, lo querían muerto, desollado, descuartizado, acribillado, como fuera, pero muerto. Había pagado su seguridad con sobornos a militares y federales, con el dinero lavado logró poner a presidentes municipales en toda la Comarca Lagunera y candidatear a varios diputados locales que le garantizaban una inmunidad jurídica. Su poder le alcanzó para poner al suplente del distrito 06 en la Cámara de Diputados y Senadores; pero desde que sus subalternos empezaron a secuestrar y asesinar a gente que no andaba metida en el negocio, la protección que había pagado empezó a serle desleal. La lealtad, para él, era de lo más preciado. Si algo no perdonaba era la traición. Al igual que Pancho Villa estaba al pie de la sierra en Durango, tomando con los amigos y con la espina clavada de la Viviana, no de la Valentina como el general. Pero las traiciones eran lo peor y Viviana, aunque le doliera en el alma, estaba desde el momento que abrió la boca, sentenciada a muerte.

El terreno ya estaba muy caliente. El hecho de que Viviana denunciara los crímenes de Carlo era solo el último detalle que faltaba para que la vida mafiosa que había llevado se terminara. Los periódicos así lo anunciaban, se le achacaban varias muertes, el tráfico de armas de alto calibre por la frontera de Acuña y Piedras Negras, el secuestro a empresarios laguneros (entre ellos Roberto Rodríguez Cruz y algunos le responsabilizaban la muerte de Rodolfo Boehringer) entre otros crímenes y delitos que el gobierno ya no le perdonaba. Carlo, en resumidas cuentas, estaba viviendo tiempo extra.

Lo que no sabía, era que el gobierno ya le había puesto cola y lo tenía grabado desde hace dos años. Le intervinieron su celular y registraban cada uno de sus movimientos, la geolocalización se estrenó con él; eso sin mencionar que su compadre Daniel Avendaño, el mismo que tenía frente a sí, lo había traicionado también. Por eso lo miraba y no creía que con el descaro de un soplón montara su yegua prieta azabache Media Noche. Su padre se lo dijo antes de morir, en la vida podemos cometer errores, muchos y de todo tipo, pero jamás se podía cometer el error de ser soplón y traicionero. Eso no se perdona, eso jamás se hace. La amistad, la lealtad y la palabra empeñada son lo más valioso. Y Carlo sentía un dolor más profundo cuando se acordaba que Viviana, la mujer que más había querido, lo había traicionado y que su compadre Avendaño lo había delatado.

Lo miraba, a su compadre, montado en la Media Noche y pensaba en la primera persona a la que le causó la muerte. Como le clavó una bala en el mero corazón y lo miró desangrarse, esa primera muerte fue dedicada a su padre. Había matado al federal de caminos que lo acribilló por la espalda. Le gritó a Daniel que le trajera su yegua preferida, quería montarla y sentirla, quizá, también, por última vez. La bautizó Media Noche en honor al potro con la cual Pancho Villa había tomado Torreón. Los historiadores pasaban por alto esos pequeños detalles que olvidaban el lado más humano de los personajes históricos.

Se subió a la yegua y le dijo a Daniel que sostuviera la botella de sotol. Se puso la tejana de lado y cortó el cartucho de su beretta. Miró a Daniel detenidamente y le sonrió, quienes estaban ahí alrededor de la fogata los voltearon a ver. Solo se escuchó una detonación y su compadre Avendaño cayó al suelo. Nadie se movió. Tomó la rienda de su Media Noche, la alzada que tenía la yegua era como la de pocos caballos cuarto de milla. Agarró camino a la sierra.

La gente que lo conoció jamás lo volvería a ver. Nadie supo que ha sido de Carlo Garza, en la imaginaria colectiva se dice que se fue pal rancho Tres Potrillos, otros comentan que la federal lo acribilló y quemó el cuerpo en un basurero municipal de los Brasiles. La verdad nadie la sabe. Incluso unos juran que lo han visto en las calles de Talpatahuas, con su tejana de lado y montando un caballo criollito de buena alzada. Lo cierto es que las cosas hoy andan muy tristes y Don Antonio Garza le dedica cada 28 de octubre una misa en el templo del rancho. A sus noventaicuatro años, camina con su andadera, con la tejana gris que lo caracterizó toda su vida y le lleva flores a la imagen de San Juditas.

Dentro del mito de Carlo Garza la gente dice que Viviana se volvió loca. Pero a ella tampoco la volvieron a ver. A ella también, la imaginaria colectiva, se la tragó en un corrido. Así, la herencia Garza Treviño se esfumó en los acordes de una redova y un bajoquinto.

Tw:@ld_nio

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grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
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