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22/11/2014 06:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image El diputado del Partido Popular, Pedro Gómez de la Serna, en su afán de defender la indefendible, pretende hacernos creer que la jornada del 9N en Cataluña había sido "un fracaso absoluto". En ese acto, según dice, hubo muy poca participación y "no ha habido garantías democráticas", porque no había un censo fiable, ni interventores, ni neutralidad y ni tan siquiera unas urnas precintadas. Y en vista de esto, sin ponerse colorado, continuó su perorata afirmando solemnemente que el 9N se parecía más "a una manifestación de democracia orgánica" que a un acto cualquiera de los que se celebran en las distintas democracias occidentales. Es verdad que se trata de un proceso participativo muy poco fiable y sin validez jurídica alguna. Pero, como reconoció María Dolores de Cospedal, se celebró "al margen de la legalidad", tratando vanamente, eso sí, de privar a todos los españoles del derecho inalienable que tienen de decidir sobre su presente y sobre su futuro y sobre cualquier parte de España. En consecuencia, diga lo que diga Gómez de la Serna, fracasó de manera estrepitosa y lamentable el Estado de Derecho y, por supuesto, fracasamos todos los españoles. No podemos entender que se organizara un simulacro de referéndum ilegal tan trapacero y felón como este y que Mariano Rajoy estuviera desaparecido durante toda la jornada y no hiciera nada para evitarlo. No podemos entender que se vulneraran tan claramente derechos fundamentales nuestros y que no encontráramos amparo en la Fiscalía. No podemos entender que se trasgredieran flagrantemente dos resoluciones recientes del Tribunal Constitucional y que éste no solicitara el auxilio jurisdiccional necesario para hacerlas cumplir. No podemos entender que distintos jueces, ante un posible caso de desobediencia, de prevaricación e incluso de malversación de fondos, se negaran a tomar medidas cautelares para suspender la votación del 9N porque, según ellos, retirar las urnas sería una medida desproporcionada. No podemos entender que la policía o Mossos d'Escuadra no cumplimentaran la orden que tenían de identificar a los responsables de la apertura de los locales públicos donde tenían instaladas las urnas para la votación del 9N. No nos defendió absolutamente nadie.

Todos esperábamos confiadamente que, si los catalanes se cerraban en banda y desobedecían al Tribunal Constitucional, Mariano Rajoy cumpliría su palabra e impediría la celebración de ese simulacro ilegal de referéndum. Dijo muchas veces que esa consulta era inconstitucional y que no se iba a celebrar. Sus afirmaciones fueron siempre meridianamente claras desde que Artur Mas lanzó su primer órdago contra la soberanía nacional. "Que quede claro -dijo-. Mientras yo sea presidente del Gobierno, ni se celebrará ese referéndum que algunos pretenden, ni se fragmentará España". Y añadió algo más: "España es un país serio, España es un Estado de Derecho. En España hay una ley y una Constitución y una de las obligaciones básicas del Gobierno es hacer que eso se respete" Pero a pesar de su reiterada promesa de impedir ese acto de rebelión, de desacato y de insumisión a los dictados de la Constitución, Mariano Rajoy no hizo nada para encauzar debidamente esa anómala situación. Son muchos los que piensan que el presidente del Gobierno adoptó esa postura tan bochornosa porque así estaba pactado con antelación. Pudo haber, cómo no, otros motivos más o menos poderosos para que el presidente del Gobierno tratara de imitar el lance del don Tancredo taurino, pensando que así evitaba otros males mayores o, también, porque de ese modo restaba importancia a esa inútil cabildada nacionalista. Pero es cierto que ese lamentable silencio de Rajoy, esa falta de contundencia ante la astucia y pillería desmedida de Mas, ha servido para que éste se envalentonara aún más y acaparara para sí y para su causa toda la atención mediática de esa jornada. La inesperada desaparición de Mariano Rajoy y de su Gobierno ha valido para que el presidente catalán se adjudicara este primer raund. De momento, Artur Mas ganó este pulso al Estado, y su gesta apareció en primera plana en todos los medios de comunicación importantes del mundo. Y todo por la desafortunada incomparecencia del presidente del Ejecutivo. La reacción de Mariano Rajoy no se produjo hasta tres días después del envite separatista, y lo hizo más bien para minimizar las voces críticas, que eran muchas dentro y fuera del partido. Pero ya era demasiado tarde para reconducir la situación y achantar a un Artur Mas crecido y dispuesto permanentemente a saltarse la legalidad vigente. Y en esa comparecencia ante la prensa, el presidente del Gobierno no dijo nada más que obviedades. Afirmó una y otra vez que él había dicho que no habría referéndum, y "ese referéndum no se ha celebrado; que todo se redujo a "un simulacro electoral", sin censo ni interventores; que la consulta fue un "fracaso" de los nacionalistas y un mero "acto de propaganda", celebrado, eso sí, "incumpliendo las resoluciones del Tribunal Constitucional". Si, como dice ahora Mariano Rajoy, esa consulta alternativa del 9N carecía de valor real alguno, si no fue nada más que un "simulacro electoral, un simple "acto de propaganda", ¿por qué lo recurrió ante el Constitucional? Si lo recurrió, es que sí tenía importancia y era algo que atentaba peligrosamente contra la unidad de España. El presidente del Gobierno sabrá por qué reduce ahora ese proceso participativo del 9N, organizado por el separatismo catalán a una fantasmada insubstancial cualquiera, a algo totalmente fútil y anodino. Es cierto que estamos ante un monumental pucherazo difundido en directo por la televisión catalana, un paripé de consulta sin control alguno democrático, y hasta una enorme farsa si se quiere. Pero no es menos cierto que el 70% de los catalanes que no acudieron al reclamo de Mas y de sus adláteres, y una inmensa mayoría de españoles, durante la jornada del 9N, experimentaron una sensación extremadamente amarga, ya que, de manera aparente al menos, había ganado ampliamente la rebelión y había perdido la ley y el orden constitucional. Los días antes del 9N, Artur Mas estaba tremendamente desmoralizado, estaba políticamente muerto y sin posibilidad alguna de levantar cabeza. Hacía llamamientos a la colaboración con su proyecto rupturista sin convicción y sin el más mínimo entusiasmo. Hablaba del precio de la libertad en un lenguaje más propio de aquel esclavo tracio, llamado Espartaco, que de un dirigente político de la Europa actual. Unos días antes del 9N, pidió a los empresarios que le apoyaran en esa aventura secesionista, aunque esto les ocasionara algún perjuicio económico, porque, según les dijo, " la libertad tiene un precio, pero no tenerla también" Pero la holganza intencionada de Mariano Rajoy resucitó al decaído presidente catalán y le inyectó una fuerte dosis de moral. Lo demostró palpablemente durante la jornada de la consulta. Cuando acudió a votar a la escuela Pía Balmes de Barcelona, su aspecto irradiaba felicidad y satisfacción. Antes de depositar la papeleta en la urna, mostrándose muy ufano y orgulloso, se la enseñó a las gentes que estaban en el aula y a una nube de fotógrafos que querían eternizar ese momento. El aplauso que recibió entonces, acabo de obrar el milagro. Sintiéndose ya dueño de la situación y sabiendo que su actitud no iba a tener consecuencias, Artur Mas se dirige a los fiscales, en un tono francamente desafiante: "Si la Fiscalía quiere conocer quién es el responsable, que me miren a mí". Y lleno de arrogancia, exige abiertamente al Gobierno central que dialogue y que no se oponga a la celebración de un referéndum definitivo. Y si Madrid se niega en redondo a pactar esa consulta vinculante que facilite una separación amistosa, entonces organizarán, sin más, unas elecciones plebiscitarias que permitirán declarar la independencia de Cataluña de manera unilateral. Y por si a Rajoy se le ocurriera acudir a los tribunales para defender la integridad territorial de España, aparece Pedro Sánchez, el actual secretario general del PSOE, con una proposición incomprensible en quien aspira a ser presidente de España: que Mariano Rajoy afronte este litigio territorial sin acudir a la Justicia, que defienda la unidad del Estado utilizando exclusivamente razones políticas. Tal como se están desarrollando los hechos, no parece que el presidente del Gobierno tenga intención alguna de acudir a la Justicia en este caso, ni esté dispuesto a utilizar argumentos políticos . Prefiere encarar el problema a su manera, como si en realidad no existiera. La prueba está en que, durante la jornada del 9N, se mantuvo al margen de la disputa y no hizo absolutamente nada para zanjar el conflicto. Y cuando las circunstancias le obligaron a dar la cara, confesó abiertamente que, dadas las circunstancias, lo más sensato era estar callado y no entrar en la contienda con los separatistas. Confiesa Mariano Rajoy que si hubiera hecho frente al envite lanzado por el presidente de la Generalidad, es muy posible que se hubieran derivado actuaciones lamentablemente graves y desproporcionadas. Por de pronto, habrían aparecido en la prensa y en las televisiones de todo el mundo fotografías embarazosas con policías retirando o precintando las urnas. Y es más que probable que hubieran menudeado los disturbios callejeros. Pero como no hizo nada, la jornada se cerró aparentemente sin mayores complicaciones. Se evitó, es cierto, esas incómodas fotografías de los servidores del orden llevándose las urnas y haciendo frente a los probables enfrentamientos de los secesionistas más lanzados. Pero se divulgó otra fotografía, tan nefasta o más que las anteriores, la de un Artur Más regocijado mostrando su papeleta a un público expectante y comprometido plenamente con la autodeterminación y depositándola después en la urna entre aplausos y entre los destellos de muchos flashes. No sé si Rajoy es consciente o no de este hecho, pero ese día el independentismo recibió un nuevo impulso muy importante. Hemos dado tanta cuerda a los secesionistas, que ya no es fácil reconducir esta situación. Y como sigamos mirando para otro lado, este movimiento rupturista tendrá cada vez más fuerza. Y llegará un momento que, para pararlo, tendremos que recurrir necesariamente a fórmulas traumáticas, como ya pasó en 1934, cuando Lluis Companys proclamó el Estado Catalán de la República Federal Española.

Gijón, 15 de noviembre de 2014

José Luis Valladares Fernández


Sobre esta noticia

Autor:
Valla (105 noticias)
Fuente:
joseluisvalladares.blogspot.com
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Tipo:
Reportaje
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